Federico Bruck.»
«Parroquia de S. Remigio de los Castros, 27 Febrero.
»Estimada señorita: le escribo para darle razón del señor forastero que V. se sirvió recomendarme en el mes de Diciembre del pasado año. Ese señor salió de las Engrovas el 2 de Enero, muy tempranito, á caballo, pensando llegar á los Castros á la mediodía. Yo nunca ví tanto frío, que mismo cortaba; hasta al consagrar parece que se me caía la partícula de los dedos; la noche antes heló mucho, y los caminos resbalaban como si estuviesen untados con sebo. Ese señor traía un chiquillo para tenerle cuenta de la caballería y llevarle una caja y no sé qué más lotes; y el chiquillo, que es hijo de mi compadre Antón de Reigal, me ha contado cómo pasó el lance. El señor se bajó del caballo á medio camino, en el sitio que llaman Codo-torto, y sacando un martillo comenzó á arrancar pedacitos de piedras, que se conoce que los ingleses, sabiendo que aquí hay oro, quieren buscarlo y acaso hacer minas. Piedras fueron, que se pasó así toda la mañana, hasta que el chiquillo, cansado de esperar y no viéndolo por ninguna parte, y muriéndose de ganas de comer, tuvo la debilidad de venirse á los Castros solo, y el caballo detrás, muy pacífico. Luégo, cuando el rapaz vió que se hacía de noche, y que no parecía su amo, vino llorando á contarme el lance.
»Como, según el chiquillo, ese señor se encaminaba á mi casa, en seguida me dió la espina de que sería algún amigo ó pariente de V.; llamé á tres feligreses, les hice encender fachucos de paja bien retorcidos para que durasen, y nos metimos por la sierra, busca que te buscarás al viajero. ¿Dónde le fuímos á encontrar? En el despeñadero de Codo-torto, que lo rodó de una vez, señorita, y pásmese, no se mató, sólo se rompió una pierna. Le trajimos en brazos como se pudo, y gracias al algebrista de Gondás, ¿no sabe V.? aquel hombre que cura toda rotura y dislocación sin reglas ni sabiduría, con unas tablillas, unos cordeles y siete Ave Marías con sus Gloria Patris, no tendrá que gastar muleta el señor de Brús ó como se llame, aunque siempre al andar se le conocerá un poquito.
»Yo y mi hermana la viuda, lo cuidamos lo mejorcito que supimos, que nos dió mucha lástima; es un señor llano y parece un infeliz. Lo peor de las horas que pasó solito, dice él que fueron unos lobos que le salieron y que los espantó encendiendo fósforos. Á pesar de la desgracia, asegura que no le pesó venir á la sierra. Se conoce que la mina de oro promete. Tendrá la bondad de dar un besito á los niños, y de saludar con la más fina atención á los señores y mandar á este su reconocido servidor y capellán
q. s. m. b.
José Taboada Rey.»
Moraleja.—De cómo por verle los huesos á la tierra, rompió Bruck sus huesos propios.