—Ayer era heredero de una corona, y hoy no tengo ni cama en qué dormir. Partiré leña contigo.

—No—respondió Ignoto;—lo primero es que dejes estos alrededores, que son muy peligrosos para ti. Vente conmigo.

Y diciendo y haciendo, Ignoto tomó de la mano á Amado, y juntos se pusieron en camino al través de la selva. Esta era muy espesa é intrincada, y Amado andaba trabajosamente; cuando llegó la noche, le sangraban los piés. Entonces Ignoto le descalzó los zapatos de raso que aún llevaba el príncipe, y con corteza de olmo le fabricó unas abarcas para que pudiese seguir marchando. Anduvieron muchos días, durante los cuales pudo Amado ver lo dispuesto y ágil que era en todo su compañero. El pobre Amado, criado entre algodones, no sabía saltar un charco, ni cruzar á nado un río, ni trepar á una montaña; en cambio, Ignoto servía para cualquier cosa; era fuerte como un toro, veloz como un gamo, y no cesaba de reirse de la torpeza de Amado, quien, á su vez, renegaba de su inutilidad. No obstante, al fin del viaje iba ya adquiriendo el príncipe algo de la soltura de su compañero; verdad es que estaba moreno como una castaña, y sus bucles rubios, enmarañados y llenos de polvo, parecían una madeja de lino.

Al cabo, un día, al ponerse el sol, divisaron ambos viajeros desde la cima de una colina una gran masa de edificios, ó mas bien un mar de cúpulas, techos, torres y miradores que, juntos, formaban una vasta ciudad. Amado preguntó á Ignoto el nombre de aquella, al parecer, rica metrópoli, y el leñador contestó:

—La capital de Malaterra.

—¡Cómo!—gritó el príncipe.—¡Falso guía, así me conduces á meterme en la boca del lobo, en las uñas de mis enemigos!

—Mentira parece—respondió Ignoto—que te quejes cuando te traigo al sitio en que se hallan prisioneros tus padres. ¿No quieres verlos? ¿Quién te ha de reconocer con ese avío?

En efecto, ni sus mismos pajes podrían decir que aquél era el elegante príncipe de Colmania. Roto y destrozado, sin haber tenido en tantos días más espejo que el agua de las fuentes, que, por mucho que se diga, no es tan claro como una luna azogada, Amado parecía un mendigo. Entró, pues, sin temor en la ciudad, que era grande y magnífica. Ignoto, que conocía al dedillo las calles, le llevó por las más retiradas, hasta dar con una tapia enorme que les cerró el paso. Pero Ignoto sacó del bolsillo una llave y abrió una puertecilla medio oculta en el ancho muro. Por ella entraron Amado y él, y se encontraron en un jardín pequeño, pero cultivado con esmero extraordinario, y cubierto de flores raras y olorosísimas.

—Espérame—dijo Ignoto;—vuelvo presto.

Y se escurrió entre los árboles, mientras Amado se sentaba en un banco para aguardar cómodamente. Media hora tardaría Ignoto, y al cabo de ella volvió acompañado de una mujer, que á la dudosa claridad nocturna le pareció á Amado joven y muy bonita. Su traje era sencillo y casi humilde, pero su voz muy dulce y su hablar distinguido.