—Señora—le dijo Ignoto presentándole á Amado,—aquí tenéis el jardinero que os recomiendo. Es un joven muy honrado, y creo que con el tiempo aprenderá lo que ahora no sabe.

—Bien está—contestó la dama.—Si es así, consiento en tomarlo á mi servicio para que cuide del jardín. Ahora, que duerma y descanse: mañana le iré enterando de su obligación.

La joven se retiró, y quedaron solos Ignoto y Amado, explicando aquél á éste que la joven era una señorita noble de la ciudad, muy amiga de flores y plantas, y que necesitaba un jardinero, y que era preciso que Amado se resignase á pasar por tal para estar mejor oculto en Malaterra y poder informarse de la suerte de sus padres. Con esto le condujo á un pabelloncito en que había azadas, palas, almocafres y otros útiles de jardinería, y una cama grosera, pero limpia; y despidiéndose de él y ofreciendo volver á verle con frecuencia, le dejó que se entregase á un sueño reparador.

Blanqueaba apenas el alba, cuando sintió Amado que llamaban á su puerta; echóse de la cama, se puso aprisa una blusa y un pantalón de lienzo que vió colgados de un clavo, y fué á abrir. Era la dueña del jardín, que lo llamaba para el trabajo. Cogió los chismes el príncipe y la siguió. Todo el día se lo pasaron ingertando, podando y trasplantando; es decir, estas cosas las hacía la señorita, que se llamaba Florina; ella era la que con mucha maña y actividad enseñaba á Amado, que estaba hecho un papanatas, avergonzado de su ignorancia. Hacia la tarde, Florina le dijo:

—Se me figura que entendéis poco de este oficio; pero sabréis algún otro, eso no lo dudo. ¿Qué sabéis?

Amado se quedó muy confuso, y no acertó á contestar. Quería decir:—Sé extender la mano para que me la besen, y sé hacer cortesías graciosísimas que todos los figurines de mi reino han copiado, y sé...—Pero no se atrevió á responder así, figurándose que Florina no apreciaría bien el mérito de tales habilidades. Ésta, como le vió callado, añadió:

—Sospecho que carecéis completamente de instrucción; procurad, pues, atender á mis pobres lecciones, y siquiera aprenderéis el oficio de jardinero, que es muy bonito, y nunca faltará quien os dé pan por cuidar de los jardines.

En efecto, Florina siguió viniendo todas las mañanas á enseñar á Amado la jardinería. De paso le dió unas nociones de Botánica y Astronomía, y le corrigió las faltas gordas que cometía en la lectura y en la escritura, para que pudiese leer bien los libros que trataban de plantas y flores. Florina vestía con mucha sencillez trajes cortos y lisos para no enredarse en las matas, zapatos flojos para correr y un sombrerillo de paja; pero era tan linda, que Amado la miraba con gusto. Amado no podía consentir en que Florina fuese de la misma especie que las damas de la reina Serafina, que eran las pobrecillas tontas como ánsares, que se pasaban el día abanicándose y murmurando, y que lloraban como perdidas cuando el príncipe no les alababa mucho el peinado y el traje. Resultó de estos pensamientos que Amado se enamoró de Florina, y un día se lo dijo, ofreciéndole casarse con ella. Florina contestó echándose á reir; y entonces Amado, muy ofendido porque pensó que Florina le despreciaba por su pobreza, declaró con orgullo que era el heredero del trono de Colmania. Pero Florina siguió riendo, y dijo á Amado:

—¡El trono de Colmania! Ese trono ya no existe; y, aunque fuérais su heredero, habíais de reinar tan mal que no me lisonjearía nada compartir con vos la corona.

Amado lloró, se afligió; se arrodilló delante de Florina, la cual entonces le dirigió este discurso: