—Si es cierto que sois el príncipe de Colmania, yo os declaro que es una fortuna para vuestros vasallos el que no los gobernéis, siendo, como sois, incapaz todavía de gobernaros á vos mismo. Ahora bien, si queréis, caro príncipe, casaros conmigo, idos por el mundo y no volváis hasta que podáis ofrecerme un pequeño caudal ganado por vos, una flor descubierta por vos, una relación de vuestros viajes escrita por vos. Esta puerta estará siempre abierta, y yo esperándoos siempre aquí. Adiós, y buen viaje.
—¿Y mis padres?—contestó Amado.—¿No os acordáis de mis padres? ¡Tengo que vengarlos! ¡Tengo que libertarlos!
—En cuanto á vengarlos—repuso Florina—ya lo ha hecho el rey de Malaterra. Después de conceder al conde del Buitre el cargo de primer ministro, permitiéndole desempeñarlo por espacio de veinticuatro horas, lo ha encerrado en una jaula, colgándole al cuello la carta en que el conde se ofrece á entregar á traición el reino de Colmania, y así enjaulado lo pasean por Colmania, y en cada aldea los chicos le arrojan lodo y piedras, y lo silban y lo insultan. Al rey de Malaterra no le agradan los traidores, aunque se valga de ellos como de un despreciable instrumento. Por lo que toca á libertar á vuestros padres, os advierto que están libres; que viven muy tranquilos en un palacio que les ha concedido el rey de Malaterra; que nadie se mete con ellos, y que yo me encargo de decirles que su hijo está sano y salvo, y que viaja para completar su educación.
No quiso oir más Amado, y emprendió el camino. Embarcóse en el primer puerto de Malaterra como grumete de un navío mercante, y este cuento sería el de nunca acabar si os contase una por una las peripecias que en sus excursiones le sucedieron. Básteos saber que al cabo de algunos años volvió siendo dueño de un caudalito que había ganado con su trabajo; de una flor preciosa descubierta en unos montes inaccesibles, que en los tiempos modernos ha vuelto á encontrarse y se ha llamado camelia, y de una descripción exactísima de sus viajes, en que se revelaban los muchos conocimientos adquiridos, con el estudio y la práctica de la vida. Al regresar á Malaterra, supo que el rey había muerto en una batalla y que mandaba su hijo, mancebo muy querido del pueblo, porque, sin ser tan aficionado á guerras como su padre, era valeroso é instruído, y no se desdeñaba de trabajar por sus manos ni de aprender continuamente. Llegó Amado á la capital, y presto encontró abierta la puertecilla del jardín. No dió dos pasos por él sin tropezar á Florina sentada en su banco de costumbre. En un minuto la enteró de cómo volvía, habiendo cumplido las condiciones que ella le impusiera. Entonces Florina le tomó de la mano y, llevándole hasta la verja que dividía su jardín, la abrió y entraron en otro jardín más hermoso y ancho. Anduvieron largo rato por arboledas magnificas, dejando atrás fuentes, estatuas y estanques soberbios, y al fin entraron por el peristilo de un gran palacio, y los guardias que estaban en la escalera se apartaron con respeto dejando pasar á Florina. Ante una puerta cubierta con rico tapiz de seda y oro estaba un hujier que, inclinándose, dijo:
—Su Majestad espera.
Atónito Amado, iba á preguntar qué era aquello; pero se encontró en una espléndida sala, colgada de terciopelo carmesí y baldosada de mármol rojo y negro, en donde vió sentados á una mesa y jugando al ajedrez á dos viejecitos, en quienes conoció á Bonoso y Serafina. Estos, al verle, arrojaron un grito, y llorando se fueron á abrazarle. Amado no sabía lo que le pasaba; pero más se admiró cuando vió á un rey joven y hermoso con corona de oro abrirle también los brazos, y pudo reconocer en él á Ignoto, el leñador de la selva. Afortunadamente las cosas agradables se explican pronto, y así no tardó Amado en enterarse de que Ignoto era el hijo del rey de Malaterra, que, disfrazado de leñador, estaba próximo á la frontera para ayudar á su padre en la sorpresa de Lagoumbroso; que había salvado á Amado porque le tomó cariño en aquella tarde en que Amado le vió cortar leña; que después de salvarle había querido instruirle, y para eso le había colocado en aquel jardín donde recibiese las lecciones de Florina; que Florina era hermana de Ignoto, y que, al casarla con Amado, le daba en dote el reino de Colmania. Me parece inútil añadir que con tan felices sucesos Bonoso y Serafina, que estaban ya algo chochitos, lloraban á más y mejor; que Florina y Amado no cabían en sí de gozo, y que todo era júbilo en el palacio. Para colmo de alegría, aquella noche el hada del Deseo cumplido vino á honrar con su presencia una cena ostentosísima y un baile mágico que se celebró en aquellos salones. El hada dijo á Bonoso y Serafina que, aunque habían hecho lo posible porque su hijo fuese infeliz, ella, ayudada del hada de la Necesidad, lograra educarlo algo para la Dicha. Los pobres reyes confesaron que eran unos bolos, y su buena intención hizo que el hada les perdonase, no sin encargarles que, cuando tuviesen nietos, no se mezclasen en su educación por amor de Dios.
Aquí tenéis cómo el reino de Colmania volvió á ser regido por su legítimo príncipe Amado, á quien tanto querían. Los habitantes de aquel reino no se cansaban de admirar la metamórfosis que había experimentado el príncipe, que salió hecho un rapazuelo encanijado y medio bobo, y que volvía hombre robusto, inteligente y muy capaz de mandar él solo sin necesidad de recurrir á ministros, que á veces pueden ser tan malos como el conde del Buitre.