—Bueno, ven... Pero no hay que contarlo ¿eh? Silencio.
Siguieron su camino, él satisfecho ya, ella un tanto envanecida, allá en el fondo del alma, por llevar de acompañante á su novio, un novio de levita que podía confundirse con un señorito. Callaban, preocupados por la misma novedad de la situación, y sin despegar los labios salieron de la calle Mayor al paseo público, á la sazón desierto. Hacía frío. Los árboles sin hojas y las farolas apagadas se perfilaban sobre el gris ceniza del crepúsculo invernal; un pilluelo pasó corriendo, dando un empujón á Concha, que llamó á su acompañante.
—¡Ramón! ¿tú qué tienes?
En efecto, parecía pensativo. Con voz algo dura, contestó:
—No tengo nada.
—Nada, ¿y vas ahí que pareces un mochuelo? ¿Después de que te dan gusto, llevas ese gesto?
—No tengo obligación de estar hoy tan contento como tú.
—¿Y yo por qué he de estar contenta hoy?
—Porque vas á lucirte, á ponerte muy maja y muy bonita para salir á las tablas.