—¿Qué llevas aquí?—preguntó.
—Nada.
—¿Cómo nada, y sobresale que parece un mollete de pan?
—Mujer... si no es cosa que te importe.
De mala gana se desabrochó él y sacó un objeto elíptico de hojas de laurel engomadas, muy tiesas, y rematado en unas largas cintas blancas con flequillo de oro al extremo. Á pesar de la oscuridad, aún quedaba suficiente crepúsculo para que distinguiese Concha que era una corona.
—¿Y esto?—preguntó afanosamente, entre turbada y alegre.
—Ya lo veo.
—Una corona... ¿Para quién?
—¿Para quién ha de ser?