—¿Para mí? ¡Qué loco! ¿Y no me reñías antes por representar?

—Una cosa es una cosa, y otra es otra... Me dió rabia ver que en el beneficio del mes pasado le echaron una corona monstruo á esa tonta de Rosalía Cañales, y á ti porque tenías un papel más corto te conformaron con un ramito de mala muerte... Y pensé para mí: no, pues como represente otra vez, no se queda sin corona mi Concha del mar... No me hace gracia que tú quedes deslucida... Ahí tienes.

—Te lo agradezco... te lo agradezco mucho!—articuló cariñosamente ella, afirmándose más en el brazo que la sostenía.

Él la contempló con ansia, y después miró alrededor. Ni un alma en el jardín.

—¿Concha?

—¿Eh?

—¿Me quieres?

—Sí, hombre, sí.

—¿Te enfadas si te pido una cosa?

—¿Qué?