—¡Ensayar, señores... bruuum!... si Vds. quieren: y ya saben lo que les he advertido: en los ensayos no hay que derrochar voz. Piano, pianísimo.

El apuntador comenzó á decir, sin entonación ni transiciones, el papel de cada uno, que los actores repetían paseándose con las manos en los bolsillos ó columpiándose en la silla. Las actrices, más cohibidas, no se atrevían, al recitar, á moverse del sofá, ni á descoser los brazos del cuerpo. Gormaz las tomó de la mano, suavemente.

—Hijas, accionen Vds. un poco...

—¿Lo mismo que después? ¿Como si ya fuese la representación?

—No tanto, no tanto! Un poco: si la escena ha de ser de pié, no se dejen Vds. ahí quietas... Y Vds., caballeros, no alcen tanto la voz; si ahora no hay público que atienda! Eso... á ese diapasón. Ya verán Vds. cómo después hay que decirles que se esfuercen, porque no les oirá ni el cuello de la camisa... Ejeemm! Háganse cargo de que ahora no deben malgastar sus fuerzas: matizar, pero bajito... Eh... chss! caballero López, ¿á quién le cuenta Vd. eso? ¿á la puerta ó á esta señorita?

Todo el mundo se rió. Gormaz en los ensayos se ponía nervioso, sudando, tosiendo de fatiga, pasándose á cada rato el pañuelo por la calva frente y por los turbios ojos. Quisiera él calentar aquellos cuerpos inertes, sutilizar aquellas mentes torpes, encender aquellas tardas y perezosas sangres con el fuego y la lumbre del entusiasmo artístico. Sólo que á la media hora de predicar, de espolear, de comunicar impulso, de serlo todo á un tiempo, galán, dama, barba y gracioso, de dar á éste el modelo de la expresión patética y al otro el de la indignación y al de acá el de la ironía y al de acullá el del desdén, su rostro se amorataba, el asma le subía en ronquidos y borborigmos á la laringe, se inyectaban sus pupilas, y, medio muerto, se dejaba caer en una butaca, diciendo: «Bruumm... Sigan Vds... sigan.» Cada cual seguía entonces yéndose por dónde le daba la gana.

Frisaba Gormaz en los sesenta; era coetáneo de Romea, pero más joven, y pertenecía á aquella falange de actores, ya casi extinguida, que amaba el arte y se preciaba de entender de letras; que se asociaba á la gloria de Hartzembusch y Zorrilla por la interpretación entusiasta de sus dramas, y que tras de cantar todo el verano, como la cigarra, ha concluído como ella, muriéndose de hambre y frío, porque la vejez del actor español es penosa cuanto alegre su vagabunda mocedad. La última etapa de Gormaz, inservible ya para las tablas, fué organizar aquella sección en el Casino de Industriales. Todo el mundo le quería bien allí, por su afable carácter y su vida arreglada y modesta, pues Gormaz no tenía nada de bohemio y sus costumbres podían pasar al través del más delgado tamiz de censura.

Lo que es la noche del ensayo de Consuelo, á Gormás debía sucederle algo raro. Estaba como vuelto al revés. Él, tan atento, tan deferente con todos los individuos de la sección, sin distinción de sexos ni categorías, apenas contestaba y sólo se dedicaba á ensayarle bien el papel á Concha. Las otras mujeres que tomaban parte en la representación no tardaron en notarlo, y en amostazarse. La encargada del papel de Antonia, Julia Marqué, catalana ingerta en gallega, hija de un almacenista, era una morena hombruna, con gruesa voz y no leve bozo, muy aplaudida por lo campanudo de su órgano, que daba tono profético y sentencioso á sus menores palabras; la que había de hacer la criada andaluza, Rosalía Cañales, era una estanquerilla redicha, delgada y chatuela, que giraba los ojos, apretaba la boca y manejaba mucho el abanico; teníanse ambas por dechados respectivamente del género trágico y cómico, y en los ensayos se apoderaban del director, crucificándole á preguntas y no dejándole respirar. Viendo que no les hacía caso, cuchichearon en voz baja y señalaron á Concha. ¡Qué tonta y qué presumida! Porque había atrapado el papel principal, estaba dándose una importancia! Mucho de salir hoy elegante y de cola, y mañana se casaría con un ebanista miserable, y calentaría las sopas en la trastienda sin más cola que la de pegar madera! Y ambas hacían un gesto desdeñoso, indicando que ellas no aceptarían seguramente por marido á hombre de tan poco fuste.

—Aún sabe Dios si se casará—silabeó en voz baja la estanquera.

—Pero mira don Manolo... No hace sino enseñarle, como si fuese á sacar de ahí una cosa que asombre á todo el mundo.