En efecto, á Gormaz todo se le volvía: «Conchita, ese brazo. Hija, repita Vd. esa frase. No, así no: un poquito de energía, ¿está Vd.? Esa escena hay que moverla... debe Vd. levantarse, volverse á sentar, mostrándose dudosa. ¿Á ver cómo escribe Vd. esa carta?... Bien, bien... así debe Vd. hacerlo después; no hay que olvidarse.

Concha, sorprendida también de aquel interés exclusivo, sentía que poco á poco se le comunicaba el entusiasmo de Gormaz, contribuyendo á su excitación el instinto femenino, el espectáculo de las dos rivales acurrucadas en el sofá, nerviosas como dos gatas que se disponen á sacar las uñas, y mirándola de reojo con pupila fosforescente. Un sutil calor empezó á difundirse por su alma, transformándole la voz, que con sorpresa de ella misma se timbró en notas penetrantes y apasionadas. Gormaz, observando esta favorable metamórfosis, aplicaba leña á la hoguera.

—Ya ve Vd. que en este acto está Vd. celosa... Hay que revelar esos celos en el acento, en la fisonomía... Su marido de Vd. la está engañando; Vd. no se ha de quedar tan fresca!

Á veces Concha, cuando decía una frase con vehemencia, avergonzábase un poco y soltaba la risa.

—Ay, Dios mío... Don Manolo, estoy exagerando, ¿verdad?

—No, hija, no... En esa situación hay que poseerse, así como en el primer acto debe Vd. más bien aparecer fría y coqueta... Bien dicho, bien! Ánimo... á la escena con la criada... Rosalía, hija, ¿me hace Vd. el favor?

—¿Eh?—murmuró Rosalía con displicencia.

—Pues ahora es la escenita de Vd... La carta.

—Ay... Vd. dispense... Como no se ha fijado usted nada en lo que dije antes, creí que...

Encogióse Gormaz levemente de hombros, y resignándose, prestó alguna atención al dejo sevillano contrahecho de la estanquera. Era preciso activar porque la hora de la función se aproximaba, y ya dos ó tres músicos, con sus instrumentos muy enfundados en bayeta verde debajo del brazo, se asomaban por la puerta de entrada, retirándose después de escuchar algunos minutos curiosamente. El último acto se atropelló un poco, pero Concha sabía al dedillo el papel y Gormaz, como de paso, pudo aún indicarle algunos toques maestros. Al final le apretó misteriosamente la mano.