—Nada—murmuró él repentinamente avergonzado, al ver á Dolores allí, de las ideas tontas que venían ocurriéndosele.—¿Vas á vestirte?

—Sí... abur, que después me cogen el sitio las otras.

Gormaz, que vagaba por allí como alma en pena, la empujó, dándole prisa:

—¡Vamos, hija... vamos!

Sacó después el ex-actor un cigarrillo y lo encendió, paseándose inquieto y con taconeo nervioso por la solitaria escena. De rato en rato pegaba el ojo izquierdo á un agujerillo del telón, y siempre veía, en el lleno completo y brillante de la sala, el hueco del palco vacío, como una mella en una hermosa dentadura. Al fin hizo un ademán de contento: la puerta del palco se abría, entrando por ella dos hombres, el uno de mediana edad, grueso, lampiño, de pelo negro y liso como el hule, fisonomía entre clerical y chulesca, que Gormaz reconoció por el gracioso ó primer actor cómico de la compañía: el otro viejo, de borbónico perfil, con una de esas caras inteligentes y castizas de pelucona rancia, que aún hoy se ven en aldeanos del centro de Castilla y en algún torero. Era un rostro movible, donde a intervalos se transparenta ya la ironía indulgente, ya la enérgica voluntad vencedora de los muchos años. La nariz y la barba, en demasía aficionadas á gastar conversación, se combinaban bien con el mondo cráneo, lleno de protuberancias color marfil. La apostura era mucho más firme y desembarazada de lo que la edad pedía, y el traje, severo y correcto. Así que Gormaz reconoció á Estrella, de algunos brincos estuvo en su palco.

—¡Manolillo!

—¡Juanito! ¡Ejeem! Se agradece, hombre, se agradece la venida. Á la verdad, tenía gusto en que hoy te dejases ver por aquí. Adiós, Gálvez.

—Pues no faltaba más. Aquí me tienes. Y le daré un aplausillo á tu gente, para que no se te desanime. ¿Eh? Ya nos entendemos.

Estrella sonreía: Gormaz le miró de un modo singular, y aquella ojeada que se cruzó entre los dos actores acostumbrados á declarar con la expresión tantas cosas, para Estrella fué equivalente á un discurso. Sin embargo, adivinó á medias.

—¿Qué?—pronunció.—¿Que hay algo bueno que ver, eh? ¿Una chica guapa? ¡Ay Manolo de mi vida! Si yo ya no sirvo de nada, hijo. Estoy para que me saquen en un cesto al sol.