Protestó Gormaz, no sin melancolía.
—¡Pues si tú dices eso! ¡Tú, que con doce añitos más que yo, te atreves con La Aldea de San Lorenzo y el repertorio de Cano y Echegaray! ¡Tú! ¡Pues si tú... eres un roble!
—Psh... Los pulmones y la garganta no andan aún del todo mal; pero, hijo mío, el resto... ¿Con que una chica guapa? Pues haz cuenta que yo... como si tal cosa.
—No le crea Vd., intervino Gálvez, que hasta entonces se había contentado con reir maliciosamente. Diga usted que no. Es muy taimado y nos engaña. Más travesuras es él capaz de hacer, que Vd. y yo juntos.
—Hombre, fíate en mí. Díle á esa damisela que llame á otra puerta... ó que se entienda con Gálvez.
—Yo no te revelo nada por ahora... Ya volveré en el entreacto, que van á subir la cortina.
Á pesar de todas sus protestas, por aquello de que los ojos nunca envejecen, apenas subió el minúsculo telón, Estrella sacó del bolsillo trasero de la levita sus gemelos, cuyos cristales limpió primorosamente, asestándolos después á la escena. La mujer que entonces se hallaba en ella, Rosalía Cañales, no le pareció tan bien como esperaba, ni siquiera la mitad; y con un fruncimiento expresivo de cejas, casi anudadas sobre su enérgica nariz, bajó los gemelos, limitándose á asistir á la función resignadamente, como persona fina convidada á un espectáculo que nada le importa. Familiarizado con torpezas y gazapos de principiantes, durante su larga carrera de actor y director de compañía, no alteraban su plácido reposo ni las salidas y entradas á destiempo, ni el modo de recitar, monótono como salmodia de breviario ó desmenuzado como picadillo, ni el acento duro, ni los brazos cosidos al cuerpo, ni las caras paradas, como hechas de cartón. Gálvez le pisó disimuladamente el pié, dos ó tres veces, por supuesto, con blandura. No dió señales de vida. Tal era su actitud cuando salió Concha.
Al verla, Estrella dijo con indiferencia indulgente:—Es bonita, hombre; cierto que sí.—Pero apenas hubo pronunciado algunos versos, cuando volvió á limpiar con rapidez los gemelos y á pegarlos á los párpados, enderezándose en la silla para mejor atender. De la atención pasó en breve al interés subido: sacó el cuerpo fuera, y en los palcos proscénicos empezaron á mirarle con sorpresa, mientras en las butacas se levantaban dos ó tres cabezas, que pronto, por comunicación eléctrica, hicieron erguirse otras muchas. Poco á poco todo el teatro se fijó en los movimientos de Estrella, y la gente aburrida, que no acertaba á entretener aquellos actos interminables, se dedicó á observar, pacientemente, como se observa en provincia,—donde la telaraña de la curiosidad se teje y se desteje cada día con las mismas mallas menudas—la cara del eminente actor. No cabía duda: lo que le llamaba la atención en la escena era la chica encargada del papel principal: bien: Y por qué? Por lo guapa? Estrella había sido un gran conquistador en otro tiempo: puede que aún le durase el humor... Tan viejo? ¡Quién sabe! Sin embargo, los gestos aprobadores de Estrella desmentían la presunción de un flechazo súbito. Más bien parecía—cosa inverosímil—que le agradaba el modo de representar de la chica. ¡Bah! Imposible. ¡Gustarle á un actor de tanto mérito una aficionadilla de tres al cuarto! Y con todo... La verdad es que la muchacha poseía una voz tan fresca, tan clara, de un timbre tan grato... El caso es que lo hacía mejor que las otras: á ella se le oía y entendía todo... Y no decía mal, no señor... Así, favorablemente prevenido, pudo ya el público interpretar con exactitud el pensamiento de Estrella; y todas las dudas se disiparon cuando, al decir Consuelo aquella frase fatal que trastorna la cabeza á Fernando, aquel femenil y pérfido no seas ingrato, el actor, ahogando un bravo! entre dientes, aplaudió con brío. La concurrencia vaciló un segundo, y por fin, subyugada y convencida, hizo coro al aplauso, y sordos rumores de aprobación corrieron por las butacas. Se daban unos á otros la noticia:
—¿Ha visto Vd.?
—Promete mucho esa niña, vaya!