Concha escuchaba, con sus breves labios entreabiertos, fijos los brillantes ojos en su interlocutor. Aún no había terminado Gormaz su discurso, cuando Dolores, alzándose del sofá tan impetuosamente que lo hizo crugir, se encaró de pronto con el mensajero, exclamando:

—Me extraña muchísimo, señor de Gormaz, que nos venga Vd. con esas proposiciones, Vd., que nos conoce y sabe que mi hermana es una chica honrada. Aquí no entendemos de eso... Mi hermana no ha nacido para cómica, no señor.

Una tos horrible, una tos de tercer grado impidió á Gormaz responder al punto. Sacó la lengua, y se le amorató desde el colodrillo hasta la nuez. Cuando al fin pudo respirar, con voz todavía estrangulada, declamó:

—Porque considero que Vd. no sabe lo que se dice, no la contesto aquí todo lo que pudiera, Dolores; con todo, entienda Vd. que eso que Vd. acaba de pronunciar es... ¡ejeeeem! un solemnísimo disparate... no sólo esta señorita, que vive de su trabajo (y hace muy bien y lo apruebo), sino las personas más elevadas, ejem, sí señor, más elevadas, se considerarían honradísimas con alcanzar la gloria escénica, ¿está Vd.? Ejemm! bruuum! ¿Vd. considera lo que es una artista? ¿Cree usted que hay profesión no digo yo más decente, sino más noble, ejeeem, más noble? ¡Que no ha nacido su hermana de Vd. para cómica! Vaya, vaya! Bruuum! ¡Qué cosas oye uno al cabo de sus años!

Dolores, avergonzada, comprendió que había cometido un yerro de monta. Trató de disculparse.

—Por Dios, señor de Gormaz, que no era mi ánimo ofender á Vd... Solamente quise decir que esa carrera (Vd. bien se hace cargo), las muchachas se exponen á... á...

—¿Á qué, á qué se exponen?—articuló Gormaz hecho un león.

—Á... nada—balbuceó Dolores recordando con rubor que ella no había sido actriz nunca.—Pero el caso es que mi hermana... tiene arreglada... una boda, con un chico de aquí...

—Lo que hay—recalcó Gormaz—es que ni Vd. ni yo somos quién para decidir este asunto... Su hermanita de Vd. se calla... Pues ella es la que debe hablar; está usted? Lo que ella quiera, ¡bruum! al fin se trata de su porvenir.

—Yo supongo que oirá consejos de su hermana—advirtió Dolores.