Echaba estas cuentas hincando alfileres y más alfileres, en la chillona percalina. El ruido claro y metálico de la tijera la traía á otro orden de ideas. Aquel destino desconocido le infundía, á la verdad, algún pavor. Hasta el día de hoy, gracias á Dios, aunque pobres, no les faltó nunca el pan: ella había oído decir que los cómicos, a veces, pasan hambre, que tienen días de apuro terrible; que salen á la escena muy majos, con mucho vestido de seda y coronas de reyes, y á lo mejor sin camisa... Sin ir más lejos, en Marineda se contaba que á Estrella le corrían mal los negocios, que le costaba trabajo pagar a su compañía, que en la fonda estaban algo recelosos... Una noche, recordaba haber encontrado á las cómicas y cómicos que salían del ensayo: ellas iban hechas unas brujas, envueltas en nubes de lana, con impermeables viejos, y todos mezclados, hombres y mujeres... ¿Si tendría razón Dolores?...
El taller, á la sazón, funcionaba activamente: Concha podía absorberse en sus meditaciones. Un pilluelo pasó por la calle, tarareando la Barcarola del Orfeón. Entonces Concha se acordó de su novio. ¿Qué diría su novio si ella se hiciese cómica? ¡Bah! ¿Y qué había de decir, después de su comportamiento de ayer? ¿No la había puesto allí en ridículo, delante de todo el mundo, dándola el desaire de marcharse y de no echarle la corona, precisamente el día que?... Por un momento interrumpió la clavadura de alfileres, conmovida á pesar suyo con el recuerdo del jardín. ¡Vaya un agradecimiento! ¡Sólo por eso se alegraba ella de que viese aquel majadero que no le necesitaba y que podía arreglarse de otro modo y buscarse otra vida! ¡Que rabiase Ramón! ¡Cuidado con el día que había escogido para darle un disgusto!
Dolores cosía con furor mientras su hermana preparaba. Sus dedos flacos volaban sobre la tela. Pero á eso de las cuatro, levantóse, dobló la labor, y se preparó á salir. Concha, viéndola descolorida, se le aproximó, preguntándole si estaba enferma. Dolores la rechazó con sequedad.
—No voy á casa, no... No tengo nada: ¡Jesús, qué cuidado te tomas! Déjame, déjame... voy á donde tengo que ir: yo volveré á buscarte al acabarse la costura... Y si por casualidad no vengo, sal y espérame en casa.
No paró Dolores hasta San Efrén. Al entrar en la iglesia, casi desierta á aquellas horas, y bastante oscura, experimentó algún alivio y su cólera amainó instantáneamente. Ya le pesaban los arrebatos de la mañana... No hay cosa más calmante que la reposada y aromática atmósfera de los templos. El agua bendita que Dolores tomó al entrar, le refrescó la frente y le sosegó las hirvientes ideas. Dirigióse á la izquierda, hacia la capilla de la Virgen del Amparo, cuya devota imagen, alumbrada por una lámpara sola, se destacaba misteriosa y galoneada de oro en el sombrío hueco del camarín. En un ángulo, al lado del confesonario, se acurrucaban dos seres vivientes, dos viejas, la una arrodillada, confesándose con voz sibilante, la otra sentada en un banquillo, aguardando su turno. Dolores se determinó á tener paciencia, é hincando á su vez la rodilla ante el camarín, ensartó algunas salves y ave-marías, para entretener el tiempo. Cuando las dos viejas salieron arrastrando los piés, apresuróse á tomar sitio al pié de la reja. El confesor se inclinó hacia la penitente: sólo se columbraba de él, al través de la apretada celosía, una punta de nariz afilada y ascética, y el cóncavo de una oreja inteligente, abierta para escuchar y entenderlo todo. Hablaba bajito, pero muy distintamente.
—Te he visto entrar... me ha parecido que venías de prisa, y he procurado despachar luégo á las que estaban...
Dolores tendió el manto para formar una especie de embudo que la protegiese contra toda indiscreción, y empezó el relato de los sucesos, los episodios de la víspera, la proposición de Gormaz, la actitud de su hermana, todo. Á medida que hablaba, su corazón se ablandaba como la esponja al humedecerla, y poco á poco las lágrimas, suaves como el flujo del mar, subieron á los ojos y resbalaron por las mejillas. La voz del confesor las detuvo.
—No hay que afligirse... ¡Pues apenas te apuras! Yo no veo ahí sino imprudencias tuyas y chiquilladas de ella. Bien te advertí que esas funciones y esos teatros eran peligrosos... hasta creo que te había aconsejado formalmente cortar de raíz todo eso... La mayor parte de culpa la tienes tú. Ya ves cómo existe el riesgo donde menos se piensa.
—Sí, sí señor, es muy cierto, pero qué quiere usted... Los malditos compromisos... ¡Quién había de pensar también que iban á buscar á mi hermana para cómica! El demonio sólo puede enredar una cosa así.
—¿Vamos, qué haces ahora con llorar? Cálmate, hija.