—Que digas lo que le vas á responder á ese... cómico—murmuró con afectado desdén.
—¡Mujer... caramba contigo! ¿qué sé yo lo que le contestaré? Tenemos todo el día para pensarlo, gracias á Dios, añadió con tranquilidad.
—¿Y aún estamos en eso? ¿Cabe duda siquiera? ¿Se te ocurre irte de mona sabia por esos teatros?
—¡No me marees!—murmuró Concha con sus bermejos labios muy contraídos.—Tenemos todo el día por delante; déjame en paz hasta la noche.
Las facciones de Dolores se descompusieron: reapareció en ella, bajo la devota sometida por catorce años de piedad, la hija del pueblo, con sus iras indisciplinadas y sus groseros arrebatos. Cogió á Concha por las muñecas, y zarandeándola rudamente gritó:
—¡Mira... no te doy un bofetón no sé por qué, desvergonzada!
Entornó Concha los párpados, apagando así dos chispas que brillaron en ellos: palideció su tez ya tan mate, y sin decir palabra, sacudió un poco las manos y siguió colocándose el manto. Cuando estuvo pronta, hizo ademán de salir, y Dolores, al verlo, prendióse el manto á su vez y la acompañó.
Silenciosas, con armado silencio, anduvieron el camino, y ya en el taller, las pocas palabras que cruzaron
fueron de terca contradicción por parte de Dolores. Aquella manga no podía pegarse así, la costura estaba torcida; aquella espalda no ajustaba bien, era menester volverla á preparar... Lo que más la irritaba era el gorjeo de las modistas, que sin dar paz á la aguja charlaban de los sucesos de la víspera y embromaban á Concha, acerca de sus triunfos artísticos y de la rabieta que pasarían las otras dos, la estanquera y la del almacenista... Era casi una gloria para el taller haber derrotado, por medio de uno de sus individuos, á las representantes de otra clase social que acaso las desdeñaba. Concha, atenta á su trabajo, apenas contestaba más que con leves sonrisas, empuñando su tijera de pié y con el pecho todo claveteado de alfileres para sacar un patrón. Allá para sus adentros discurría, discurría... En medio de todos los elogios que había oído la víspera, á ella jamás se le pasaría por las mientes ser actriz de veras. Entre ambas categorías, la de aficionada y la de actriz de profesión, juzgaba ella que existía un abismo infranqueable, como si las tablas del teatro público fuesen de otra madera enteramente distinta de las del Casino. Desde la proposición de Gormaz, la valla ideal se borraba. ¿Y por qué no? Ella podía ser actriz... es decir, dominar aquel arte apenas entrevisto, ponerse en comunicación todas las noches con el público, volver á escuchar aquellos embriagadores aplausos, viajar á ciudades grandes, para ella nunca vistas... Un destino ancho, grande, hermoso... ¿Y por qué no quería Dolores? ¿ Por qué miedo de dejarla? ¡Bah!... Se la llevaría consigo... ¿Por temor de que se perdiese? ¡No parece sino que en Marineda no se perdían á cada paso cientos de muchachas, de allí, del mismo taller, sin necesidad de salir á las tablas á representar!