—¿Por qué no le encargas al novio que se lo quite de la cabeza? Á él de seguro le hará más caso que á ti.
—Señor, por desgracia, desde ayer están reñidos. Él se marchó del teatro furioso, porque ella salía escotada en el último acto.
—Bah... riñas de enamorados, y así por celillos, y niñerías, poco suelen durar. En fin... ¿Tú dices que ese chico es hombre de bien?
—¡Jesús! Pongo por él la mano en el fuego.
—¿Quiere á tu hermana mucho?
—Se le cae la baba con ella.
—¿Y... crees que se casará?
—Sólo aguarda por fondos con que poner establecimiento por su cuenta; y estos días le oí decir que le habían hablado de un comerciante que los facilitará, con no sé qué fianza ó qué garantía de una firma... Lo que es casarse,... no desea él otra cosa!
—¿Y... tu hermana... le profesa grande afecto...?
—Señor... yo qué sé... Estas chiquillas no conocen su bien... Quererle, sí, pero... no es allá una cosa extraordinaria.