—¿Ellos... se hablan así... con alguna libertad... eh?

—¡Quiá! En esa parte tengo la conciencia muy tranquila, señor... No me he desviado de ella un minuto nunca... Cuando él nos acompaña á la vuelta del taller, yo me coloco en medio, y ellos van como dos viejos, formalitos... no se han hablado bajo tres palabras.

—¡Mujer... bien hecho, bien hecho...! pero hasta en lo bien hecho cabe un poco de exageración... Se me figura que tú has exagerado algo, eh?... todo quiere su límite...

—Como Vd. me encargó tanto que la guardase...

La nariz se aguzó, y su fina punta pareció recalcar una suave ironía.

—Guárdala, sí, muy bien; sólo que ya tanto rigor... Para que el corazón se apegue, hay que consentir cierta honrada y lícita franqueza... Si ella estuviese más encariñada con su novio, ahora no la tentaría Satanás por el lado de las tablas.

Dolores miraba atónita aquella nariz severa por costumbre, y la desconocía viéndola tan tolerante, tan benignamente entreabierta. Sin embargo, no dudó: no había recibido allí jamás consejo alguno que no le probase bien seguir.

—Mi parecer es este, hija... No contraríes de frente á la muchacha... Si puedes, gana tiempo... Y que el novio procure disuadirla... hablándola... á... solas... es decir,... ¿con cierta libertad, eh? Y no te apures... ánimo.

Dolores se alzó como suele alzarse quien se postra al pié de un confesonario, confiada y serena. Aunque le extrañaba algo el consejo, fuerza es decirlo, su espíritu acostumbrado á ser allí dócil como el de un niño, reposaba en la opinión agena. Tomó en derechura el camino del taller, porque ya anochecía y el farolero, dejando un rastro de luz, corría por las calles enlodadas con la lluvia menuda. Acercóse á la puerta, y tropezó en ella con un bulto que interceptaba el paso, en las tinieblas del portal. Retrocedió asustada, mas la voz la tranquilizó.

—Soy yo, no hay miedo—dijo con alegre entonación el que era.