—¡Calla! ¡Ramón! ¿Está Vd. aguardando por Concha?

—Justamente... y por Vd. también... Porque tengo una noticia, una gran noticia que darles.

—¡Alabado sea Dios! ¿Con que ya le pasó á Vd. la ventolera de ayer? ¡Qué hombres! ¡Parecen locos, así Dios me salve!

Ramón bajaba la cabeza confuso, según pudo ver Dolores á la luz del farol que encendían enfrente.

—Y qué quiere Vd... No, yo conozco que tiene usted razón; hice bastante mal y estuve un poco acalorado y un poco imprudente. No tiene uno en su mano ciertos prontos, y Vd. bien conoce que cuando se harta uno de oir alrededor disparates, parece que le dan ganas de romperse, si pudiese, la cabeza contra la pared.

—Vaya, vaya, pues esas furias hay que moderarlas... Concha se disgustó bastante. Y luégo la gente, las envidiosas que están rabiando por coger tanto así donde clavar el diente...

—Pues, gracias á Dios—exclamó radiante de júbilo el mozo—ya no habrá por qué mordernos y se acabarán todos esos disgustos. Aquí donde Vd. me ve, ya tengo los cuartos para el establecimiento, y nos podemos casar, si Concha quiere, en Carnavales, y sino en Pascua... Por mí, cuanto más pronto...

Dolores, entre contenta y recelosa, le miraba fijamente. Un trabajo de reflexión muy activo se verificaba en su cerebro, estrecho y femenino, pero tenaz y aferrado á las pocas ideas que, nacidas allí, ó sugeridas, se aposentaban en él. Las palabras del confesor no se borraban de su memoria. Ganar tiempo... no contrariar de frente á la muchacha... que el novio procure disuadirla... Si ahora ella daba la fatal noticia al enamorado Ramón; si cuando venía á hablar de proyectos matrimoniales le participaba que se había perdido toda esperanza y que su novia se disponía á levantar el vuelo hacia regiones muy distintas de aquellas en que el humilde ebanista moraba, era fácil que éste, de desesperado ó de indignado, armase á Concha un escándalo tal, que el carácter vivo y entero de la niña se manifestase con nueva energía, afirmándose en su resolución. Dolores temía á la poca habilidad del novio. Además, era difícil decirle aquello al pobre hombre, cuando se mostraba tan contento con sus fondos y su próxima boda.

—Que se lo diga ella como pueda—pensó.—Quizás por no decírselo...

Y con determinación repentina, poniendo familiarmente la mano en el hombro del ebanista, exclamó: