Figúrate si me hierve el cuerpo en impulsos de actividad, que anteayer ayudé á Maripepa á segar, por entretenerme. La ví salir con la hoz y un aire tan animoso, que me dió envidia, y la seguí al prado. Es cosa muy linda el prado, sobre todo en este tiempo, cuando su frescura y color alegre contrasta con la desnudez de los árboles y la aridez del terreno labradío. Un prado es la infancia de la vegetación, y sin que uno sea borrico, ni mucho menos, la yerba convida á tenderse, revolcarse y palpar amorosamente su suave tez de felpa. Me tendí, pues, dejándome resbalar por el leve talud, mientras Maripepa esgrimía el arma de las druidesas y apañaba (es el término técnico) todo el verde posible. Al fin me resolví á servirle de algo, y estuve á punto de llevarme media mano con la hoz, que corta como navaja de afeitar. La chica se rió de todo corazón, pues nada le divierte tanto como mi torpeza en cosas rústicas. Me arrancó el instrumento, y pronto tuvo reunido un haz de yerba que colocó sobre su cabeza. Apenas se le veía la cara entre aquel marco de verdura, y al andar la rodeaban las hojas y tallos que iban soltándose y cayéndose, y quedaba en pos de ella un rastro de briznas de plantas, de simiente de gramíneas, de florecitas menudas. No dirás que no te doy la razón poetizando á Maripepa. El asunto merecía un acuarelista que lo fijase en el papel.

Se me figura que parte de este desasosiego mío, de este no saber cómo matar el tiempo, á la vez que lo engaño con las mayores niñerías y futilidades, consiste en que los tresillistas me han abandonado, aprovechando estos días apacibles en sus correrías y cazatas, que ya no me atrevo á compartir, escarmentado por el mal suceso de la primera. Si no me escabullo antes, en Enero estoy convidado á la famosa feria del 6, en Cebre. El notario hará el gasto, y por no llevarnos á su casa de soltero, que la tendrá sabe Dios cómo, nos obsequiará en la fonda. ¡Debe ser cosa buena la fonda de Cebre! ¿eh?

Contéstame á escape, dándome siquiera esperanzas de que saldré de aquí. Creo que el mar político se encrespa y la balanza se inclina del lado de los tuyos. Seré Juez... y ¡ay del notario fullero ó del cacique tortuoso é inicuo que me caiga por banda!

DEL MISMO AL MISMO.

Enero.

Sí, ha llegado mi nombramiento; sí, no te acusé recibo; sí, me hago el muerto, y lo que es peor, deseo estarlo hace algunos días. ¡Ya soy Juez, Camilo! ¡Amarga ironía de los acontecimientos! ¡La justicia humana se pone en mis manos el día en que más merezco caer en las suyas... y acaso en las de Dios!

Camilo, si eres amigo mío de verdad, si quieres un poco á mi hermana, por ambos afectos te suplico seas discreto y reservado y no reveles á papás ni á nadie de este mundo palabra de lo que voy á contarte; porque necesito desahogo, y ya no sé callar más, y porque quiero que me aconsejes. Tú sueles ver más claro en asuntos de la vida práctica, aunque yo poseo... poseía, quiero decir, un fuerte instinto de rectitud moral que en cualquier conflicto me dictaba resoluciones dignas de mí.

Entraré en detalles y referiré cómo se encadenaron sucesos que acaso explican, sin disculparlas, mis locuras. ¡Maldita sea la feria de Cebre! Escucha, escucha, verás cómo empezó la broma que tan cara me cuesta.

La mañana del día 6 me vestí y acicalé para ir á Cebre, poniendo algún esmero en mi aliño, porque tras de una larga temporada de campo, en que el aseo se descuida y se anda sin corbata ni camisola, gusta volver por los fueros del hombre civilizado, y se experimenta cierto placer al cortarse las uñas y atusarse el pelo. Vestido ya de piés á cabeza, cabalgué en el jaco que me traía Manuel, y salí al camino. Estaba la mañanita fresca, y yo, sintiéndome sano y fuerte como nunca, respiraba con placer el airecillo picante, y conocía que empezaban á enfriárseme los pies en los estribos. De pronto oí una voz: «¡Adiós, señorito!» Miré hacia abajo y ví á Maripepa. Al pronto dudé si la era; tan diferente me pareció de la Maripepa acostumbrada.