¡También ella se había pulido y arreglado á su modo! Llevaba mantelo negro, liso y muy ceñido, con ancha cenefa de pana; dengue negro también, recamado de azabache y sujeto á la cintura con un broche de dos conchitas de plata relucientes; al cuello, pañolito de seda azul. Su pelo rojo, alisado con agua, tenía al sol reflejos cobrizos, y su tez, á fuerza, sin duda, de fricciones, ostentaba un brillo de juventud; las pecas satinaban á trechos el cutis tostado, y los ojos, verdosos, parecían de metal, vistos á la claridad del día. ¡Cosa más rara!—pensé para mis adentros.—Esta chica no es fea, al contrario. Reflexión que hice mientras echaba pié á tierra y emparejaba con Maripepa, cogiendo del diestro el jaquillo.

Ella también llevaba el ternero, destinado á venderse en pública subasta en la feria; de modo que ternero, jaco, ella y yo formábamos un grupo que, al ascender el sol en los cielos, proyectó sobre el camino una sombra grotesca y fantástica. ¿Por qué me fijé en la proyección de sombra, y recuerdo este incidente entre otros más dignos de memoria duradera? No sé: lo cierto es que el grupo, visto de aquel modo, resultaba muy extravagante, y me hizo reir.

Aumentó mi buen humor Maripepa, que me dijo á voces lo que yo me limitaba á pensar de ella por lo bajo. Con rústicas razones me aseguró que estaba muy guapo aquel día, y añadió en tono hiperbólico:

—¡Hoy las señoritas en la feria!...

No se explicó más, ni hacía falta, porque la risa y la mirada dijeron el resto. Homenaje más brutal, más resuelto, más sencillo y más provocativo á la vez, no se ha tributado á nadie. Un alma inculta, enterita y sin velos, se asomó á unos ojos del color del follaje, ojos que parecían espejos de la naturaleza agreste.

He leído que mujeres muy hermosas, entre ellas la célebre Mad. Récomier, la amiga de Chateaubriand, oían con gratitud y orgullo los piropos de los soldados ó de los saboyanitos deshollinadores, en la calle. No soy mujer, ni, como sabes, me he preciado jamás de chico lindo; pero soy de carne, y reconozco que es muy grato leer en una cara el placer causado por nuestra presencia. Y este placer apenas pueden ofrecérnoslo gentes cuya condición social supere á la de los deshollinadores. Una señorita, ó siquiera una mujer algo educada, cuando encuentra guapo á un hombre, procura á toda costa que no le salgan al rostro los pensamientos. Maripepa dió rienda suelta á los suyos, como el niño que ve dulces ó juguetes. Mirábame de piés á cabeza embelesada, repitiendo con una mezcla de envidia y codicia:

—¡Ay las señoritas hoy!...

Saboreé un momento aquella admiración candorosa, ó impúdica, ó como quieras, dejándome llevar á mi vez del gusto de contemplar á la chica y detallar en ella gracias no observadas hasta entonces: la delgadez de la cintura, realzada por la valentía de la cadera; la abundancia del pelo rojo, alborotado en las sienes; y la mucha frescura de la boca. Pero como no soy tan inocente que no sepa en qué paran observaciones de este jaez, y además, hasta Cebre, faltaban aún tres leguas, dije á Maripepa unas cuantas palabritas de broma, para que quedase satisfecha y pagada, y monté de nuevo á caballo, espoleando á mi jamelgo y perdiendo de vista á la pastora muy pronto.