Cuanto más me acercaba á Cebre, con más bueyes y cerdos tropezaba, teniendo á veces que pararme por no aplastar inhumanamente algún marranillo de rosado cutis y finas sedas. El campo de la feria de Cebre es una robleda frondosísima, que la carretera divide en dos. Cuando llegué, no se podía literalmente dar un paso: tal era el hervidero de cabezas humanas y cornúpetas que me rodeaba y oprimía. No he visto cuernos más inofensivos que los de estas pobres vacas gallegas. Enganchan á un hombre por la cintura, y él se vuelve muy tranquilo y los desvía con la mano. Sin embargo, como estaban tan apiñados, las astas y la gente me oponían una muralla casi infranqueable, y ya renunciaba á pasar, cuando ví de lejos al notario y al señorito haciéndome señas. Guié hacia la izquierda, y conseguí salir á sitio de más desahogo.

En un redondo campillo, donde clareaba la robleda, nos pusimos á pasear, después de que un chicuelo se llevó mi rocín para buscarle acomodo. Empeñóse el notario en darme de refrescar inmediatamente, y trajo de su casa, próxima al campillo, una botella de tostado, vino de pasa muy estimado aquí, y unas rosquillas exquisitas, que se conocen por melindres. Entre el mosto y el tostado se compondría un vino racional, pues lo que á aquel le falta de azúcar, le sobra á éste; bien que se asemejan en carecer ambos de alcohol, razón por la cual el tostado embotellado suele volverse, al cabo de algunos años, una bola de azúcar. No sé por qué te cuento tales menudencias; creo que los detalles del día fatídico se me incrustaron en la memoria; además, hace muy al caso referir todo lo que me dieron y pudo contribuir á embargar mis potencias.

Sin tener exceso de alcohol, el tostado me alegró y me infundió cierta animación desusada. Presentóme el señorito á tres ó cuatro señoritas que se paseaban por allí en pelo, con flores en la cabeza y vestidos que me parecieron, no sé explicar el por qué, anticuados y pretenciosos. Antes de mi presentación, las señoritas reían á carcajadas y se pellizcaban unas á otras; pero la llegada de mi madrileña persona les echó un jarro de agua, y quedáronse como en misa. Traté de reanimar su buen humor, envidiando de veras el tuyo, que me vendría de perlas allí; ¡esfuerzos inútiles! las niñas creyeron interesado su amor propio en aparecer graves y espetadas, y me preguntaron por las bodas de la Princesa de Baviera y otras menudencias cortesanas, como si yo fuese gentilhombre de casa y boca y anduviese metido en tráfagos palaciegos. Mi empeño de traer la conversación á un terreno más actual y menos elevado, sólo consiguió que languideciese; y después de convidar á rosquillas á aquella aristocracia montés, nos apartamos del grupo, no sin que el notario me diese al codo repetidas veces, señalándome maliciosamente á una de las señoritas, que tenía voz gruesa y presencia varonil.

Vagamos por la feria, admirando alguna yunta de bueyes superior, algún marrano de desmesurados lomos y corto y enroscado rabo (son los preferidos), y alguna vaca gran lechera; no se nos pegaron moscas de caballo, ni nos picaron tábanos, por ser invierno; pero nos empujaron sin compasión, oímos las disputas y el regateo encarnizado, y como iba aburriéndome más de la cuenta, oí con gusto la noticia de que era hora de comer.

Entramos en la fonda por la cocina, llena de gentío y ruido, con piso de tierra, y nos dieron arriba la mejor habitación, una salucha independiente, donde nos sirvió una moza sucia, desgreñada y fea, á quien el notario acribilló á bromas como suyas. Si estuviese yo de humor de descripciones largas, te diría la brutal abundancia del banquete, la compacta sopa de fideos azafranados, el cocido monstruo, con sus moles de tocino y carne y sus chorizos derramando por las brechas de la tripa roja grasa, el asado de lomo capaz de mantener á un regimiento, el océano de papas de arroz; dándote á conocer asimismo el plato clásico de las ferias, el pulpo curado y cocido, tras del cual se chupan aquí los dedos. Y no dejaría de divertirte si te refiriese nuestra conversación, donde entre bocado y bocado averigüé los fastos de las señoritas de la feria, y supe que la gruesa monta caballos en pelo y tiene á prevención el revólver debajo de la almohada, por si asaltasen ladrones el solariego palomar, mientras la chiquita es poetisa y hace versos á los estudiantes que pasan las vacaciones en Cebre, lo cual sugirió al notario y al cura, entre mil tonterías, algunas agudezas que me hicieron reir con toda mi alma.

Mas lo que importa á mi cuento, es que el notario trajo de su casa hasta media docena de botellas de tostado, que aunque suave y dulzón, unido al vino común, al ruido, a la risa y á los cigarros, me produjo inexplicable aturdimiento. Sentí crecer en mí la vida orgánica, y me ví libre de la eterna presencia del pensamiento, compañero serio y moderador al fin. Puse los piés sobre la mesa, me eché atrás en la silla, declamé y canté algunas canciones de zarzuela y trozos de ópera, todos tiernos y apasionados. Porque quítale el freno de la reflexión á un muchacho de mi edad, y claro está que se desborda el torrente amoroso que, más ó menos aprisionado, ruge en el fondo de todas las almas. Si la maritornes que servía tuviese rostro humano, creo que le abriría los brazos.

No los brazos, pero una ventana, abrió el cura, y el fresco empezó á calmarme y á recordarme que tenía que volver á la Fontela antes que anocheciese del todo. Ví el cielo gris, y me pareció que amenazaba lluvia. ¡Yo me había venido sin el impermeable! Al punto envió á su casa el notario por una prenda que aquí se usa mucho: la capa de paja. Estos impermeables rústicos dan excelente resultado, pues sobre la superficie de las pajas resbala el agua, sin que entre una gota: nada pesan, y aislan por completo de la humedad: tienen capucha y cubren todo el cuerpo.

Preservado de la contingencia de la lluvia, envié delante de nosotros á un chicuelo con mi jaco, sobre cuyos lomos iba terciada la famosa capa, y el cura, el señorito, el notario y yo emprendimos á pié la ruta, quedando ellos en acompañarme hasta cosa de un cuarto de legua de Cebre y regresar en seguida por si descargaba el aguacero. Poco nos alejaríamos del pueblo cuando observé que caminaba delante de nosotros una mujer, y conocí á Maripepa, libre ya de la compañía de su becerrillo, que había vendido de seguro. Entretenido en la conversación del cura, y algo aturdido todavía por los efectos del tostado, yo andaba descuidadísimo; pero noté que el cura y el señorito se hacían señas y se fijaban en un punto del horizonte, y ví con sorpresa que el notario no estaba con nosotros. Miré en derredor, y no le divisé por parte alguna. Todavía me parece estar contemplando el paisaje, teatro de la escena que sucedió después.

Teníamos á la derecha un barranco, en cuyas laderas crecían tojos y retamas, y cuyo fondo era una especie de cantera de pizarra, ahondada quizás por los peones camineros para acogerse allí ó para rellenar la caja de la carretera. Á la izquierda oscurecía sus sombras un pinar, plantado enteramente á orillas del camino, y del cual nos separaba tan sólo la zanja de una cuneta poco profunda.

De este pinar, á diez pasos de distancia, oí salir gritos, bárbaras risas, el tragín de una brega, algo como la corrida de una res por entre la hojarasca y la maleza tupida. Oirlo y lanzarme al lugar de la escena para mí invisible, fué simultáneo casi. Desvié arbustos, crucé zarzales, que me arañaron las piernas, y hallé en el mismo lindero del bosque á Maripepa, lidiando con el notario á brazo partido, protegida por los troncos, que le servían de parapeto, trinchera y burladero. Sin vacilar me precipité á defenderla, cogiendo del cuello de la americana al agresor y obligándole á hacerme cara; pero el demonio, ó el tostado, que será lo más cierto, le impulsó á descargarme una valiente puñada en la mandíbula izquierda, que me dolió, no allí, sino en el alma, con dolor desconocido hasta entonces. No era aquello un bofetón, ni por el propósito, ni por el hecho; mas, al fin y al cabo, era la diestra de un hombre en mi rostro, y todos los instintos bárbaros y cruentos, de los cuales he abominado mil veces en mis lucubraciones filosóficas, que he maldecido y anatematizado en nombre de la razón, se despertaron como una jauría, y me aullaron dentro con feroces aullidos. Sin acordarme de la diferencia de fuerzas físicas, arrojéme al notario, y él, echando fuego por ojos y mejillas, se abrazó también conmigo.