Maripepa entretanto gritaba, y yo oía sus gritos como en sueños, porque sólo atendía á saciar el repentino arranque de mi rabia. Sujeto entre los forzudos brazos del notario, únicamente me quedaba libre la cabeza, y me serví de ella de un modo singular; siendo más alto que mi adversario, le dí con la barbilla tan fuerte y traidor golpe en la vara de la nariz, que el horrible dolor le hizo aflojar los miembros, y pude, recobrado ya el uso de las manos, descargarle un bofetón que me alivió el pecho, vindicando mi honra, según supuse. La vindicación me apagó los instintos bélicos, y salí corriendo á la carretera.
Tras de mí, á manera de jabato perseguido, salió el notario; el señorito y el cura se metieron entre los dos para evitar que se enredase el lance. Al señorito todo se le volvía exclamar, consternado:
—Señores... señores... don Joaquín... á sosegarse... á sosegarse...
—Es que el señor... es que el señor me... me...—murmuraba con ahogada voz el notario.
Su lengua, trabada por el vino y la cólera, no acertaba á pronunciar más palabras. Su ademán de reto me trastornó la cabeza, y desasiéndome de los brazos del cura, fuí derecho á mi adversario. Éste tenía la corbata torcida, saltado el botón de la camisa y más encrespadas que de costumbre las cerriles guedejas. ¡Estaba tan feo, Camilo, que me olvidé de que era un semejante! Temí sus brazos de oso, su fuerte musculatura, la vergüenza de una derrota; me bajé y más pronto que la chispa eléctrica, cogí una piedra, quedándome con ella oculta en el hueco de la mano. Él cayó encima de mí como una pesada mole, y me impulsó al borde del barranco. Sentí acortárseme el aliento bajo la presión de sus vigorosos músculos, y recibí en la nuca una recia contusión. Descargué la mano donde pude, hiriéndole, según creo, en la clavícula. Se desplomó y rodó á tumbos hasta la cantera, empedrada de fragmentos pizarrosos.
Me quedé entonces súbitamente sereno, asombrado de mi victoria. Mi diestra se abrió soltando el arma, en mi entender homicida. Mis ojos dilatados registraban la cantera. Ya el señorito, medio á gatas, ayudado por su pericia de cazador, bajaba al fondo. Expuesto á matarme lancéme tras él, y el cura nos siguió buscando una veredilla practicable.
Mi víctima yacía de bruces, y tuve un momento de miedo y agonía, porque su postura era como de cadáver y su completa inmovilidad autorizaba la conjetura de la muerte. Pero al acercarme, al levantarlo, percibí su agitada respiración: el oso casi gruñía. Estaba imponente, con sus ojuelos cerrados, su negra barba llena de polvo y astillas de pizarra, su traje roto y manchado, y la poca epidermis que solía verse de su rostro y que siempre aparecía rubicunda y florida, más pálida ahora que la de un difunto. No obstante, fué inmensa mi alegría al cerciorarme de qué alentaba, al incorporarle y ver que se tenía de pié sin fractura de miembro alguno, al oir de sus labios, que se abrieron lánguidamente, estas frases inverosímiles:
—Usted me ha de perdonar, don Joaquín... Un pronto lo tiene cualquiera... No se moleste, me sostengo bien yo solo... ¡Ayyy!!
Te juro, Camilo, que no invento palabra. Las primeras de aquel bárbaro fueron así, ni más ni menos; puedes estar seguro de que no pongo ni quito un ápice. El ¡ayyy!! lo dió llevándose la mano á la clavícula, donde de fijo le mortificaba una horrible magulladura, dolorosísima por ser en parte semejante.
Si yo tuviese al notario por un gallina, no me sorprendería su conformidad. Lo raro es que he visto á este hombre dar indicios de valor, y he oído contar de él batallas electorales que prueban que no es manco. Me expliqué tan extraña sumisión, ó por el molimiento de la caída, ó por la injusticia de su causa, que le abatió el ánimo. El caso es que el orgullo de verme victorioso sin ser homicida; el placer de subyugar á un contrario que tiene diez veces más fuerza que yo; la novedad de la situación, dado mi carácter pacífico, todo ayudó á infundirme gozo y vanidad, sin que pensase en los recursos, no muy leales, á que debía el triunfo. Empecé á preguntar á mi vencido adversario, con insultante protección, si se había hecho mucho daño, y dónde le dolía. Saqué el pañuelo y le sacudí la tierra y los fragmentos de pizarra que tenía pegados al cabello y á la ropa; y mientras, ayudado por el señorito y el cura, subía trabajosamente del barranco á la carretera, yo trepé solo, animado, hecho un Cid.