¿Y la doncella, origen del formidable paso de armas? dirás tú. Miré á todos lados y no la ví, ni rastro de su persona: supuse que había huído aterrada con la presunta muerte del malandrín follón. Éste notó mi ojeada circular, y con sonrisa entre resignada é irónica, me dijo en voz flaca todavía:
—No se apure, don Joaquín, no se apure, que parecerá la chica... Al paso del jaco pronto la coge usted, aunque no tiene malas piernas... Ella esperará, esperará: así esperasen las liebres... Y otra vez...—añadió tendiéndome por despedida la mano—otra vez, cuando las cosas importen, avisar á los amigos... que es mejor que andar á trastazos!
—Eso es verdad—murmuró el señorito con silenciosa sonrisa.
—Cierto, sí señor, la amistad es lo primero; y ahora hagan las paces—exclamó cordialísimamente el cura, empujándonos á los brazos el uno del otro.
¿Qué había yo de contestar, ni á qué meterme en explicaciones ociosas, ni creíbles ni creídas? Estreché cariñosamente al que no hacía media hora trataba de ahogar, y terminó con un abrazo de Vergara la contienda que pudo parar en fratricidio.
Tú, que no ignoras mi horror al derramamiento de sangre, comprenderás si respiré libremente cuando, al trotecillo del jaco, y protegido por la capa de paja, me desvié buen trecho del teatro de la aventura. Iba declinando el día y caían unas gotas menuditas, présagas de otro aguacero más fuerte. De pronto pegó mi rocín una huída de costado, y se alzó de una piedra una figura humana. Conocí á Maripepa, refrené la montura, y por instinto busqué en el rostro de la muchacha la expresión del reconocimiento que debía inspirarle su salvador, y el gusto de verse redimida; pero ella, lejos de mostrar júbilo, con mucha tristeza empezó á decirme que estaba servida, que llovía y que hasta la Fontela iba á echarse á perder su traje nuevo.
—¿Quieres mi capa de paja?—le dije.
—¿Por qué no me lleva en el caballo?—contestó ella, oponiendo pregunta á pregunta, según costumbre del país.
—Pero ¿cómo, chica?
—Córrase un poco atrás, señorito.