Retrocedí en el ancho campo del albardón, y ella, apoyando en el arzón la palma de la mano, pegó un brinco y quedó sentada á mujeriegas, muy cerca del cuello del rocín. Sin soltar de la izquierda las riendas, la rodeé el talle con el brazo derecho, extendí hacia delante la capa de paja, para que la abrigase también, y bajo aquella improvisada choza, nos encontramos aislados y juntos.
Comenzó otra vez la caminata. El jaco, mohíno con su carga doble, andaba despacio, á trancos: anochecía, y el acompasado ruido de la menuda lluvia resbalando sobre la lisa superficie de las pajas, era lo único que turbaba el silencio de la vereda solitaria y el sopor de la naturaleza. El peso del cuerpo de Maripepa gravitando sobre el mío, el contacto de nuestras cabezas y del brazo con que por necesidad la oprimía un poco para sostenerla, comenzaron á marearme y á renovar pensamientos que antes creí debidos á la aromática embriaguez del tostado. ¿Qué misterioso atractivo, qué calor dulce, qué extraña electricidad se desprende de la mujer joven, que así nos turba y fascina, por más que resistamos? En vano intentaba sustituir la valla material que no existía entre Maripepa y yo con mil vallas morales, midiendo y aun exagerando la distancia que va de una aldeana tosca, zafia, ignorante, pastora de ganado, á un hombre que presume de culto, que ha leído, ha estudiado y meditado un poco, y aspira á ocupar decoroso puesto en la sociedad. Así como el muy sediento bebe ansioso aunque el vaso no sea de cristal fino, ni el agua fresca y purísima, yo, trastornado por la peligrosa proximidad, no conseguía representarme á Maripepa aborrecible ó repugnante. Bien dicen que el que quita la ocasión, quita el pecado. ¿Quién habrá discurrido, pregunto yo, este modo de viajar que aquí se estila?
Quiero abreviar, Camilo, y contarte aprisa lo poco que ya te falta por saber, ó mejor dicho, lo que habrás adivinado. No estaba la muchacha de humor de renovar las recientes proezas del pinar; antes parecía que, lejos de rechazarme, se pegaba á mí como la goma al árbol. Dos ó tres exclamaciones, una risa sofocada; á eso se redujo su protesta cuando empecé á perder pié familiarizándome. Entre tanto, el jaco, dándome ejemplo de formalidad, caminaba sosegadamente, pero seguidito, y puesto que era noche cerrada, me fié en su instinto seguro, y después de recorrer caminos hondos, tropezando en los altibajos y zanjas abiertas por las ruedas de los carros del país, paramos al cabo en la Fontela. Aún había salvación para mí si la puerta de la bodega se abriese y Maripepa se acogiese á sus cubas; por desgracia era muy tarde y de fijo dormían todos: no se oía ruído alguno, ni se veía luz; hasta ni ladró el perro, que olfateaba á sus amos, sin duda. Metí al jaco en el cobertizo, y como tenia la llave del piso alto en el bolsillo y el diablo en el cuerpo, hice subir á la chica.
Volví en mi acuerdo, cual suele ocurrir en situaciones análogas: pronto para sentir el yerro, y tarde para evitarlo. ¡Qué impresión experimenté! Vergüenza, remordimientos, compasión, horror de mí mismo, abatimiento profundo. Aunque mi mayor deseo sería quitarme de delante á Maripepa, testimonio viviente de mi caída, comprendí la inhumanidad de echarla, y huyendo del dormitorio me salí á la ancha sala, en cuyo oscuro recinto dí vueltas y más vueltas, tratando de recobrar un poco de sangre fría y adoptar alguna medida prudente. Por fin me alarmó el silencio que imperaba en el dormitorio, y, temeroso de que Maripepa se hubiese desmayado ó cosa parecida, entré. Á los piés de mi cama, tendida en el duro suelo, sirviéndole de almohada una cesta boca abajo, y de cabezal su negro dengue, Maripepa dormía á sueño suelto!
La miré atónito. No era aquella la primera vez que descansaba así; lo había hecho varias durante mi enfermedad. Entonces, como ahora, parecía un can doméstico, satisfecho del humilde lugar que ocupaba y ageno á pretender otro más alto; para ella eran iguales el pasado y el presente: ¡cuán distintos ya para mí! Al mirarla dormir con tan ciego descuido y abandono, se aclararon mis ideas y entendí lo villano de mi conducta. ¡Pensar que aquella tarde estuve próximo á hacerme reo de homicidio porque otro intentó lo que yo realicé después á mansalva, amparado en cierto modo por mi autoridad de amo de una pobre criatura! Es cierto que yo la encontré tan propicia como rehacia el notario; pero eso no me disculpa, pues debí respetar la sencilla inconsciencia de una paisana candorosa que deja transparentar en sus ojos lo que las señoritas del pueblo encubren á todo trance.
¡Qué modo de dormir! Y estaba casi bonita. Su cabeza roja relucía sobre el dengue, y sus hombros desnudos eran blancos y llenitos, contrastando con la garganta morena, tostada por el sol y el aire. El resto del cuerpo no se veía, por cubrirlo el extendido mantelo. Respiraba con igualdad; tenía la boca abierta, y su postura era natural y graciosa, á pesar de la dureza del lecho. Reparé que le colgaba del cuello un cordón, y del cordón una mano chiquita de azabache dando la higa: talismán ó amuleto muy usado aquí. Su rostro no estaba ni plácido ni descompuesto: estaba como cerrado á toda expresión por un sueño reparador y total.
No era cosa de despertarla ni de pasar la noche en pié. Me arrojé sobre la cama vestido, y apagué el velón de aceite. No pegué los ojos, y entre el silencio nocturno escuché toda la noche un soplo suave, la respiración de mi víctima. Al amanecer me levanté sin hacer ruido y salí á vagar por el campo.
Á la tarde vino de la cartería de Naya Manuel, que acostumbra traer el correo, y me entregó tu carta, por donde sé que ya soy juez y puedo administrar justicia!