—Bah, lo que es por viejo... Sesenta y cinco años cumplo yo para Pentecostés y sesenta y seis hará él en Corpus, lo sé de buena tinta, me lo dijo él mismo. De modo que la edad... lo que es á mí no me ha quitado la puntería, alabado sea Dios.
Asintió calurosamente el sobrino.
—¡Vaya! Y si no que lo digan las perdices de ayer, ¿eh? Me remendó Vd. la última.
—Y la liebre de hoy, ¿eh, rapaz?
—Y el raposo del domingo—intervino el criado, apartando el hocico de los vapores del caldo.—¡Cuando el señor abad lo trajo arrastando con una soga así (y se apretaba el gaznate) gañía de Dios! Ouú... Ouú...
—Allí está el maldito—murmuró el cura señalando hacia la puerta, donde se extendía, clavada por las cuatro extremidades, una sanguinolenta piel.
—No comerá más gallinas—agregó la criada amenazando con el puño á aquel despojo inerte.
Esta conversación venatoria devolvió la serenidad á la asamblea, y Javier no pensó en referir lo que sabía de la gavilla. El cura, después de dar las gracias mascullando latín, se enjuagó con vino, cruzó una pierna sobre otra, encendió un cigarrillo, y alargando á su sobrino un periódico doblado, murmuró entre dos chupadas:
—Á ver luégo qué trae La Fe, hombre.
Dió principio Javier á la lectura de un artículo de fondo, y la criada, sin pensar en recoger la mesa, sacó para sí del pote una taza de caldo y sentóse á comerla en un banquillo al lado del hogar. De pronto cubrió la voz sonora del lector un aullido recio y prolongado. La criada se quedó con la cuchara enarbolada sin llevarla á la boca. Javier aplicó un segundo el oído, y luégo prosiguió leyendo, mientras el cura, indiferente, soltaba bocanadas de humo y despedía de lado frecuentes salivazos. Transcurrieron dos minutos, y un nuevo aullido, al cual siguieron ladridos furiosos, rompió el silencio exterior. Esta vez el lector dejó el periódico, y la criada se levantó tartamudeando: