—Señorito Javier... señor amo... señor amo...
—Calla—ordenó Javier; y, de puntillas, acercóse á la ventana, bajo la cual parecía que sonaba el alboroto de los perros; mas éste se aquietó de repente.
El cura, haciendo con la diestra pabellón á la oreja, atendía desde su sitio.
—Tío—siseó Javier.
—Muchacho.
—Los perros callaron; pero juraría que oigo voces.
—¿Entonces, cómo callaron?
No contestó el mozo, ocupado en quitar la tranca de la ventana con el menor ruido posible. Entreabrió suavemente las maderas, alzó la falleba, y animado por el silencio, resolvióse á empujar la vidriera. Un gran frío penetró en la habitación; vióse un trozo de cielo negro tachonado de estrellas, y se indicaron en el fondo los vagos contornos de los árboles del bosque, sombríos y amontonados. Casi al mismo tiempo rasgó el aire un silbo agudo, se oyó una detonación, y una bala, rozando la cima del pelo de Javier, fué á clavarse en la pared de enfrente. Javier cerró por instinto la ventana, y el cura, abalanzándose á su sobrino, comenzó á palparlo con afán.
—¡Re... condenados! ¿Te tocó, rapaz?
—¡Si aciertan á tirar con munición lobera.... me divierten!—pronunció Javier algo inmutado.