—¿Están ahí?

—Detrás de los primeros castaños del soto.

—Pon la tranca... así... anda volando por la escopeta... las balas... el frasco de la pólvora... Trae también el Lafuché... ¿oyes?

Aquí el párroco tuvo que elevar la voz como si mandase una maniobra militar, porque el desesperado ladrido de los perros resonaba cada vez más fuerte.

—Ahora, ahí, ladrar... ¿Por qué callarían antes, mal rayo?

—Conocerían á alguno de la gavilla; les silbaría ó les hablaría—opinó el gañán, que estaba de pié, empuñando una horquilla de coger el tojo, mientras la criada, acurrucada junto á la lumbre, temblaba con todos sus miembros y de cuando en cuando exhalaba una especie de chillido ratonil.

El cura, abriendo un ventanillo practicado en las maderas de la ventana, metió por él el puño y rompió un cristal; en seguida pegó la boca á la abertura, y con voz potente gritó á los perros:

—¡Á ellos, Chucho, Morito, Linda... Chucho, duro en ellos, ahí, ahí... ánimo. Linda, hazlos pedazos!

Los ladridos se tornaron, de rabiosos, frenéticos; oyóse al pié de la misma ventana ruido de lucha; amenazas sordas, un ¡ay! de dolor, una imprecación, y luégo quejas como de animal agonizante.

—¡El pobre Morito... ya no dará más el raposo!—murmuró el gañán.