Entretanto el cura, tomando de manos de Javier su escopeta, la cargaba con maña singular.
—Á mí déjame con mi escopeta de las perdices... vieja y tronada... Tú entiéndete con el Lafuché... yo, esas novedades... ¡Bah! estoy por la antigua española. ¿Tienes cartuchos?
—Sí señor—contestó Javier disponiéndose también á cargar la carabina.
—¿Están ya debajo?
—Al pié mismo de la ventana... Puede que estén poniendo las escalas.
—¿Por el portón hay peligro?
—Creo que no. Tienen que saltar la tapia del corral, y los podemos fusilar desde la solana.
—¿Y por la puerta de la bodega?
—Si le plantan fuego... Romper no la rompen.
—Pues vamos á divertirnos un rato... Aguarday, aguarday, amiguitos.