Javier miró á la cara de su tío. Tenía éste las narices dilatadas, la boca sardónica, la punta de la lengua asomando entre los dientes, las mejillas encendidas, los ojuelos brillantes, ni más ni menos que cuando en el monte el perdiguero favorito se paraba señalando un bando de perdices oculto entre los retamares. Por lo que hace á Javier, horrorizábanle aquellos preparativos de caza humana. En tan supremos instantes, mientras deslizaba en la recámara el proyectil, pensaba que se hallaría mucho más á gusto en los claustros de la Universidad, en el café ó en la feria del quince, comprándoles rosquillas y caramelos á las señoritas del Pazo de Valdomar. Volvió á ver en su imaginación la feria, los relucientes ijares de los bueyes, la mansa mirada de las vacas, el triste pelaje de los rocines, y oyó la fresca voz de Casildita del Pazo, que le decía con el arrastrado y mimoso acento del país:
—¡Ay, déme el brazo por Dios, que aquí no se anda con tanta gente!
Creyó sentir la presión de un bracito... No, era la mano peluda y musculosa del cura, que le impulsaba hacia la ventana.
—Á apagar el velón... (hízolo de tres valientes soplidos). Á empezar la fiesta. Yo cargo, tú disparas... tú cargas, yo disparo... ¡Eh, Tomasa!—gritó á la criada;—no chilles, que pareces la comadreja... Pon á hervir agua, aceite, vino, cuanto haya... Tú, añadió dirigiéndose al gañán, á la solana. Si montan á caballo de la muralla, me avisas.
Dijo, y con precaución entreabrió la ventana, dejando
sólo un resquicio por donde cupiese el cañón de una escopeta y el ojo avizor de un hombre. Javier se estremeció al sentir el helado ambiente nocturno; pero se rehizo presto, pues no pecaba de cobarde, y miró abajo. Un grupo negro hormigueaba; se oía como una deliberación en voz misteriosa.
—¡Fuego!—le dijo al oído su tío.
—Son veinte ó más—respondió Javier.
—Y qué!—gruñó el cura al mismo tiempo que apartaba á su sobrino con impaciente ademán; y apoyando en el alféizar de la ventana el cañón de la escopeta, disparó.