Hubo un remolino en el grupo, y el cura se frotó las manos.
—¡Uno cayó patas arriba... quoniam!—murmuró pronunciando la palabra latina, con la cual, desde los tiempos del seminario, reemplazaba todas las interjecciones que abundan en la lengua española.—Ahora tú, rapaz. Tienen una escala: al primero que suba...
Los dedos de Javier se crispaban sobre su hermosa carabina Lefaucheux, mas al punto se aflojaron.
—Tío—atrevióse á murmurar—entre esos hay gente conocida; me acuerdo ahora de que lo decían en la feria. Aseguran que viene el cirujano de Solás, el cohetero de Gunsende, el hermano del médico de Doas. ¿Quiere Vd. que les hable? Con un poco de dinero puede que se conformen y nos dejen en paz, sin tener que matar gente.
—¡Dinero, dinero!—exclamó roncamente el cura.—¿Tú sin duda piensas que en casa hay millones?
—¿Y los fondos del santuario?
—Son del santuario, quoniam, y antes me dejaré tostar los piés como le hicieron al cura de Solás el año pasado, que darles un ochavo. Pero mejor será que le agujereen á uno la piel de una vez y no que se la tuesten. ¡Fuego en ellos! Si tienes miedo, iré yo.
—Miedo no—declaró Javier; y descansó la carabina en el alféizar.
—Lárgales los dos tiros—mandó su tio.
Dos veces apoyó Javier el dedo en el gatillo, y á las dos detonaciones contestó desde abajo formidable clamoreo: no había tenido tiempo el mancebo de recoger la mano, cuando se aplastó en las hojas de la ventana una descarga cerrada, arrancando astillas y destrozándolas: componían su terrible estrépito estallidos diferentes, seco tronar de pistoletazos, sonoro retumbo de carabinas y estampido de trabucos y tercerolas. Javier retrocedió, vacilando; su brazo derecho colgaba; la carabina cayó al suelo.