—¿Qué tienes, rapaz?

—Deben haberme roto la muñeca—gimió Javier, yendo á sentarse en el banco casi exánime.

El cura, que cargaba su escopeta, se sintió entonces asido por los faldones del levitón, y á la dudosa luz del fuego del hogar vió un espectro pálido que se arrastraba á sus piés. Era la criada, que silabeaba con voz apenas inteligible:

—Señor... señor amo... ríndase, señor... por el alma de quien lo parió... señor, que nos matan... que aquí morimos todos...

—¡Suelta, quoniam!—profirió el cura lanzándose á la ventana.

Javier, inutilizado, exhalaba ayes, tratando de atarse con la mano izquierda un pañuelo; la criada no se levantaba, paralizada de terror; pero el cura, sin hacer caso de aquellos inválidos, abrió rápidamente las maderas y vió una escala apoyada en el muro, y casi tropezó con las cabezas de dos hombres que por ella ascendían. Disparó á boca de jarro y se desprendió el de abajo; alzó luégo la escopeta, la blandió por el cañón y de un culatazo echó á rodar al de arriba. Sonaron varios disparos, pero ya el cura estaba retirado adentro, cargando el arma.

Javier, que ya no gemía, se le acercó resuelto.

—Á este paso, tío, no resiste Vd. ni un cuarto de hora. Van á entrar por ahí ó por el patio. He notado olor á petróleo; quemarán la puerta de la bodega. Yo no puedo disparar. Quisiera servirle á Vd. de algo.

—Viérteles encima aceite hirviendo con la mano izquierda.

—Voy á sacar la Rabona de la cuadra por el portón, y á echar un galope hasta Doas.