—¿Al puesto de la Guardia?

—Al puesto de la Guardia.

—No es tiempo ya. Me encontrarás difunto. Rapaz, adiós. Rézame un Padre nuestro y que me digan misas. ¡Entra, taco, si quieres!

—¡Haga Vd. que se rinde... entreténgalos... Yo iré por el aire!

La silueta negra del mancebo cubrió un instante el fondo rojo de la pared del hogar, y luégo se hundió en las tinieblas de la solana. El tío se encogió de hombros, y asomándose, descargó una vez más la escopeta á bulto. Luégo corrió al lar y descolgó briosamente el pesado pote que pendiente de larga cadena de hierro hervía sobre las brasas. Abrió de par en par la ventana, y sin precaverse ya, alzó el pote y lo volcó de golpe encima de los enemigos. Se oyó un aullido inmenso, y como si aquel rocío abrasador fuese incentivo de la rabia que les causaba tan heróica defensa, todos se arrojaron á la escala, trepando unos sobre los hombros de otros; y á la vez que por las tapias se descolgaban dos ó tres hombres y luchaban con el gañán, una masa humana cayó sobre el cura, que aún resistía á culatazos. Cuando el racimo de hombres se desgranó, pudo verse á la luz del velón que encendieron, al viejo, tendido en el suelo, maniatado.

Venían los ladrones tiznados de carbón, con barbas postizas, pañuelos liados á la cabeza, sombrerones de anchas alas y otros arreos que les prestaban endiablada catadura. Mandábalos un hombre alto, resuelto y lacónico, que en dos segundos hizo cerrar la puerta y amarrar y poner mordazas al criado y la criada. Uno de sus compañeros le dijo algo en voz baja. El jefe se acercó al cura vencido.

—Eh, señor abad... no se haga el muerto... Hay ahí un hombre herido por Vd. y quiere confesión...

Por la escalera interior de la bodega subían pesadamente conduciendo algo; así que llegaron á la cocina vióse que eran cuatro hombres que traían en vilo un cuerpo, dejando en pos charcos de sangre. La cabeza del herido se balanceaba suavemente; sus ojos, que empezaban á vidriarse, parecían de porcelana en su rostro tiznado; la boca estaba entreabierta.

—¡Qué confesión, ni!...—dijo el jefe.—¡Si ya está dando las boqueadas!

Pero el moribundo, apenas lo sentaron en el banco, sosteniéndole la cabeza, hizo un movimiento, y su mirada se reanimó.