Y, al hablar del criminal, un escalofrío corría por el cuerpo de Antonia.

En fin, veinte años tienen muchos días, y el tiempo aplaca la pena más cruel. Algunas veces, figurábasele á Antonia que todo lo ocurrido era un sueño, ó que la ancha boca del presidio, que se había tragado al culpable, no lo devolvería jamás; ó que aquella ley, que al cabo supo castigar el primer crimen, sabría prevenir el segundo. ¡La ley! Esa entidad moral, de la cual se formaba Antonia un concepto misterioso y confuso, era sin duda fuerza terrible, pero protectora, mano de hierro que la sostendría al borde del abismo. Así es que á sus ilimitados temores se unía una confianza indefinible, fundada sobre todo en el tiempo transcurrido, y en el que aún faltaba para cumplirse la condena.

¡Singular enlace el de los acontecimientos! No creería de seguro el rey, cuando vestido de capitán general y el pecho cargado de condecoraciones, daba la mano ante el ara á una princesa, que aquel acto solemne costaba amarguras sin cuento á una pobre asistenta, en lejana capital de provincia. Así que Antonia supo que había recaído indulto en su esposo, no pronunció palabra, y la vieron las vecinas sentada en el umbral de la puerta, con las manos cruzadas, la cabeza caída sobre el pecho, mientras el niño, alzando su cara triste de criatura enfermiza, gimoteaba:

—Mi madre... ¡Caliénteme la sopa, por Dios, que tengo hambre!

El coro benévolo y cacareador de las vecinas rodeó

á Antonia; algunas se dedicaron á arreglar la comida del niño, otras animaban á la madre del mejor modo que sabían. Era bien tonta en afligirse así. ¡Ave María Purísima! ¡No parece sino que aquel hombrón no tenía más que llegar y matarla! Había gobierno, gracias á Dios, y audiencia, y serenos; se podía acudir á los celadores, al alcalde...

—¡Qué alcalde!—decía ella con hosca mirada y apagado acento.

—Ó al gobernador, ó al regente, ó al jefe de municipales; había que ir á un abogado, saber lo que dispone la ley...

Una buena moza, casada con un guardia civil, ofreció enviar á su marido para que le metiese un miedo al picarón; otra, resuelta y morena, se brindó á quedarse todas las noches á dormir en casa de la asistenta; en suma, tales y tantas fueron las muestras de interés de la vecindad, que Antonia se resolvió á intentar algo, y sin levantar la sesión, acordóse consultar á un jurisperito, á ver qué recetaba.