Cuando Antonia volvió de la consulta, más pálida que de costumbre, de cada tenducho y de cada cuarto bajo salían mujeres en pelo á preguntarle noticias, y se oían exclamaciones de horror. ¡La ley, en vez de protegerla, obligaba á la hija de la víctima á vivir bajo el mismo techo, maritalmente, con el asesino!
—¡Qué leyes, divino Señor de los cielos! ¡Así los bribones que las hacen las aguantaran!—clamaba indignado el coro.—¿Y no habrá algún remedio, mujer, no habrá algún remedio?
—Dice que nos podemos separar... después de una cosa que le llaman divorcio.
—¿Y qué es divorcio, mujer?
Todas dejaron caer los brazos con desaliento: los pleitos no se acababan nunca, y peor aún si se acababan, porque los perdía siempre el inocente y el pobre.
—Y para eso—añadió la asistenta—tenía yo que probar antes que mi marido me daba mal trato.
¡Aquí de Dios! ¿Pues aquel tigre no le había matado á la madre? ¿Eso no era mal trato, eh? ¿Y no sabían hasta los gatos que la tenía amenazada con matarla también?
—Pero como nadie lo oyó... Dice el abogado que se quieren pruebas claras...
Se armó una especie de motín; había mujeres determinadas á hacer, decían ellas, una exposición al mismísimo rey, pidiendo contra-indulto; y, por turno, dormían en casa de la asistenta, para que la pobre mujer pudiese conciliar el sueño. Afortunadamente, el tercer día llegó la noticia de que el indulto era temporal, y al presidiario aún le quedaban algunos años de arrastrar el grillete. La noche que lo supo Antonia fué la primera en que no se enderezó en la cama, con los ojos desmesuradamente abiertos, pidiendo socorro.