Después de este susto, pasó más de un año y la tranquilidad renació para la asistenta, consagrada á sus humildes quehaceres. Un día, el criado de la casa donde estaba asistiendo, creyó hacer un favor á aquella mujer pálida, que tenía su marido en presidio, participándole cómo la reina iba á parir, y habría indulto, de fijo.
Fregaba la asistenta los pisos, y al oir tales anuncios soltó el estropajo, y descogiendo las sayas que traía arrolladas á la cintura, salió con paso de autómata, muda y fría como una estatua. Á los recados que le enviaban de las casas, respondía que estaba enferma, aunque en realidad sólo experimentaba un anonadamiento general, un no levantársele los brazos á labor alguna. El día del regio parto contó los cañonazos de la salva, cuyo estampido le resonaba dentro del cerebro, y como hubo quien le advirtió que el vástago real era hembra, comenzó á esperar que un varón habría ocasionado más indultos. Además, ¿por qué le había de coger el indulto á su marido? Ya le habían indultado una vez, y su crimen era horrendo; matar á la indefensa vieja que no le hacía daño alguno, todo por unas cuantas tristes monedas de oro! La terrible escena volvía á presentarse ante sus ojos: ¿merecía indulto la fiera que asestó aquella tremenda cuchillada? Antonia recordaba que la herida tenía los labios blancos, y parecíale ver la sangre cuajada al pié del catre.
Se encerró en su casa, y pasaba las horas sentada en una silleta junto al fogón. ¡Bah! si habían de matarla, mejor era dejarse morir.
Sólo la voz plañidera del niño la sacaba de su ensimismamiento.
—Mi madre, tengo hambre. Mi madre, ¿qué hay en la puerta? ¿Quién viene?
Por último, una hermosa mañana de sol se encogió de hombros, y tomando un lío de ropa sucia, echó á andar camino del lavadero. Á las preguntas afectuosas respondía con lentos monosílabos, y sus ojos se posaban con vago extravío en la espuma del jabón que le saltaba al rostro.
¿Quién trajo al lavadero la inesperada nueva, cuando ya Antonia recogía su ropa lavada y torcida é iba á retirarse? ¿Inventóla alguien con fin caritativo, ó fué uno de esos rumores misteriosos, de ignoto origen, que en vísperas de acontecimientos grandes para los pueblos ó los individuos, palpitan y susurran en el aire? Lo cierto es que la pobre Antonia, al oirlo, se llevó instintivamente la mano al corazón, y se dejó caer hacia atrás sobre las húmedas piedras del lavadero.
—¿Pero de veras murió?—preguntaban las madrugadoras á las recién llegadas.
—Sí, mujer...