UANDO salimos del puerto de Marineda—serían, á todo ser, las diez de la mañana—no corría temporal: sólo estaba la mar rizada y de un verde... vamos, un verde sospechoso. Á las once servimos el almuerzo, y fueron muchos pasajeros retirándose á sus camarotes, porque el oleaje, no bien salimos á alta mar, dió en ponerse grueso, y el buque cabeceaba de veras. Algunos del servicio nos reunimos en el comedor, y mientras llegaba la hora de preparar la comida, nos divertíamos en tocar el acordeón y hacer hablar al pinche, un negrito muy feo: y nos reíamos como locos, porque el negro con las cabezadas de la embarcación y sus propios saltos, se daba mil coscorrones contra el tabique. En esto, uno de los muchachos camareros, que les dicen stewarts, se llega á mí.

—Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.

—Pues vaya Vd. al ropero y cójalas, hombre.

—Allá voy.

Y sin más, entra y enciende un cabo de vela para escoger las fundas.

¡Aquel cabo de vela! Nadie me quitará de la cabeza que el condenado... Dios me perdone, el infeliz del camarero lo dejó encendido, arrimado á los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta blancura, además de las estanterías llenas y atestadas de manteles, sábanas y servilletas, había en el San Gregorio rimeros de paños de cocina, altos así, que llegaban á la cintura de un hombre. Por fuerza el cabo se quedó pegadito á alguno de ellos, ó cayó de la mesa, encendido, sobre la ropa. En fin, era nuestra suerte, que estaba así preparada.