Yo no sé qué cosa me daba á mí el cuerpo ya cuando salimos de Marineda. Siempre que embarco estoy ocho días antes alegre como unas castañuelas, y hasta parece que me hace falta alguna broma con los amigos, y la familia. Pues de esta vez... tan cierto como que nos hemos de morir... tenía yo atravesado algo en el gaznate, y ni reía ni apenas hablaba. La víspera del embarque le dije á mi esposa:
—Mujer, mañana tempranito me aplancharás una camisola, que quiero ir limpio á bordo.
Por la mañana entró con la camisola, y le dije:
—Mujer, tráeme el pequeño que mama.
Vino el chiquillo y le dí un beso, y mandé que me lo quitasen pronto de allí, porque las entrañas me dolían y el corazón se me subía á la garganta. También la víspera fuí á casa del segundo oficial, el señorito de Armero, y estaba la familia á la mesa; y la madre, que es así una señora muy franca, no ofendiendo lo presente, me dijo:
—Tome Vd. esta yema, Salgado.
—Mil gracias, señora, no tengo voluntad.
—Pues lléveles éstas á los niños... ¿Y qué le pasa á usted, que está qué sé yo cómo?
—Pasar, nada.
—¿Y qué le parece del viaje, Salgado?