Verdaderamente cesó desde entonces la batalla con el fuego y las esperanzas de atajarlo, y no se pensó más que en el salvamento; en librar, si era posible, la piel: eso, los que aún eran capaces de pensar; porque muchísimos se tiraron en el suelo, ó se metieron á arrancarse el pelo por los rincones ó se quedaron hechos estatuas, como el tercero de á bordo, que tan pronto se declaró el incendio se sentó en un rollo de cuerdas y ni dijo media palabra, ni se meneó, ni soñó en ayudarnos.
Á las dos horas de notarse el fuego, la máquina se paró. Si no se para tenemos la salvación casi segura: ardiendo y todo, llegaríamos al puerto. Lo que recelábamos era que el vapor comprimido y sin desahogo hiciese estallar la caldera. Todos preguntábamos al engineer, un inglés muy tieso, muy callado y con un corazón más grande que la máquina. No se meneaba de su sitio, ni se demudó poco ni mucho: abrió todas las válvulas, y nos dijo con flema:
—Mi responde con mi head, máquina very-good, seguros por ella no explosión.
Al ver que la pobre de la máquina se paraba, nos quedamos si cabe más aterrados; no creíamos que el incendio llegase hasta donde, por lo visto, llegaba ya: comprendimos que el fuego no estaba localizado y contenido, sino que era dueño de todo el interior del buque y no había más remedio que cruzarse de brazos y dejarle hacer su capricho.
—¡Barco perdido, don Raimundo!—dije al capitán.
—Barco perdido, Salgado.
—¿Y nosotros?
—Perdidos también.
—Esperanza en Dios, don Raimundo.
Y él se echó las manos á la cabeza y dijo de un modo que nunca se me olvida: