—¡Dios!
Yo no sé qué le habíamos hecho á Dios los trescientos cristianos que en aquel barco íbamos: pero algún pecado muy gordo debió ser el nuestro, para que así nos juntase castigos y calamidades. De cuantas noches de temporal recuerdo—y mire Vd. que algo se ha navegado—ninguna más atroz, más furiosa que aquella noche. Una marejada frenética: el barco no se sostenía: ola por aquí, ola por acullá: montes de agua y de espuma que nos cubrían: ya no era balancearse, era despeñarse, caer en un precipicio: parecía que la tormenta gozaba en movernos y abanicarnos para avivar
el incendio. Soplaba un viento iracundo; llovía sin cesar; y la noche tan negra, tan negra, que sobre cubierta no nos veíamos las caras. Unos lloraban de tal modo que partía el corazón; otros blasfemaban; muchos decían:—¡Ay mis pobres hijos!—No entiendo cómo el timonel era capaz de estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo el rumbo del barco para que no rodase como una pelota por aquel mar loco.
Pronto empezaron á alumbrarnos las llamas, que salían por la proa no ya á intervalos, sino continuamente, igual que si desde adentro las soplasen con fuelles de fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que no se pensase en esquifes; meterse en ellos, se reducía á adelantar la muerte. En esto gritaron que se veía embarcación á sotavento.
¡Un buque! Desde que se declaró el incendio no habíamos cesado de disparar cohetes y fuegos de Bengala con objeto de que los buques, al pasar cerca de nosotros, comprendiesen que el barco incendiado contenía gente necesitada de socorro. Y vea Vd. cómo Dios, á pesar de lo que dije antes, nunca amontona todas las desgracias juntas. Aún tenemos que agradecerle que el sitio del siniestro es un punto de cruce, donde se encuentran los barcos que hacen rumbo al Atlántico y al Mediterráneo. Pocas millas más adelante ya no sería fácil hallar quien nos socorriese.
Al ver el buque, la gente se alborotó, y los más resueltos arriaron los esquifes en un minuto. Allí no había capitán, ni oficiales, ni autoridad de ninguna especie: los contramaestres se cogieron el esquife mejor, y cabiendo en él treinta personas, resultó que lo ocuparon sólo cinco. Ya se sabe lo que hace el miedo á morir: ni se reparaba en peligro, ni había compasión, ni prójimo. Sin mirar lo furioso del oleaje, y lo imposible que era nadar allí, se echaron al mar muchísimas personas, por meterse en los esquifes. Aún parece que oigo las voces con que decían al contramaestre:
—¡Espere, nuestramo Nicolás, espere por la madre que lo parió; la mano, nuestramo!
Y él en su maldita jerga catalana, respondía: