La tormenta, en vez de ir á menos, hasta parece que arreciaba desde que era de día. Para no caer al mar, nos cogíamos á la barandilla. Pasó un barco y por más señales que le hicimos, no se detuvo: y debió vernos, pues cruzó á poca distancia. Á mí me dolían de un modo cruel los ojos, secos por el fuego, y cuanto más descubría el sol, menos veía yo, no distinguiendo los objetos sino como al través de una niebla. Por otra parte, me sentía desmayar, pues desde el almuerzo de la víspera no probaba bocado, y se me iba el sentido. Casualmente se encontraban sobre cubierta, descuartizadas y colgadas, las reses muertas para el consumo del buque, y con el calor del incendio estaban algo asadas ya. Los que nos caíamos de necesidad nos echamos sobre aquel gigantesco rosbif, medio crudo, y refrescamos la boca con la sangre que soltaba. Nos reanimamos un poco.

Á medio día sucedió lo que temíamos: quedó cortada la comunicación entre la proa y la popa, derrumbándose con gran estrépito media cubierta y viéndose

el brasero que formaba todo el centro del barco. Salieron las llamas altísimas, como salen de los volcanes, y recomendamos el alma á Dios, porque creímos que iban á alcanzarnos. No sucedió esto por dos razones: primera, por tener el buque, en vez de obra muerta de madera, barandilla de hierro; segunda, por estar las puertas de hierro cerradas hacia la parte de popa, lo cual contuvo el incendio por allí, obligándole á cebarse en la proa. De todas maneras, no debían las llamas andar muy lejos de nuestras personas, ya que á eso de las tres de la tarde empezamos á advertir que el piso nos tostaba las plantas de los piés. Atamos á una cuerda un cubo, y lo subíamos lleno de agua de mar, vertiéndolo por el suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos lo estéril del recurso, y en medio de lo apurados que estábamos, no faltó quien se riese viendo que era menester levantar primero un pié y luégo bajar aquel y levantar el otro, para no achicharrarse. Serían las tres. El capitán me llamó despacito.

—Salgado, ¡cuánto mejor era morir de una vez!

—Para morir siempre hay tiempo, mi capitán. Aún puede que la Virgen Santísima nos saque de este apuro.

Claro que yo se lo decía para darle ánimos: allá en mi interior, calculaba que era preciso hacer la maleta para el último viaje. Bien sabe Dios que ni pensaba en las herramientas que había perdido, ni en mi propia muerte, sino sólo en los chiquillos que quedaban en tierra. ¿Cómo los trataría su padrastro? ¿Quién les ganaría el pan? ¿Saldrían á pedir limosna por las calles? Á lo que yo estaba resuelto era á no morir asado. Miré dos ó tres veces al mar, reflexionando cómo me tiraría para no romperme la cabeza contra el casco y no sufrir más martirio que el del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de quitarnos el valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras señales. Le enseñamos el puño y hubo quién le gritó:—Permita Dios que te veas como nos vemos.

Ya nos rendía, los brazos la faena de bajar y subir baldes de agua, que era lo mismo que querer apagar con saliva una hoguera grande; y convencidos de que perdíamos el tiempo y era igual perecer un cuarto de hora antes ó después, el que más y el que menos empezó á pensar cómo se las arreglaría para hacer sin gran molestia la travesía al otro barrio. Yo me persigné, con ánimo de arrojarme en seguida al mar. ¡Qué casualidades! Hete aquí que aparece una embarcación, y en vez de pasar de largo, se detiene.

Ya estaba el barco al habla con nosotros: una goleta inglesa, una hermosa goleta que desafiaba la tempestad manteniéndose al pairo. Los que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con letras de oro, Duncan. Empezamos á gritar en inglés, como locos desesperados:

¡Schooner! ¡Schooner! ¡Come near!