¡Throw to the water! nos respondían á voces, sin atreverse á acercarse. ¡Echarnos al agua! No quedaba otro recurso, y éste era tan arriesgado! En fin, qué remedio: los esquifes no podían aproximarse, por el temporal, y el buque menos aun. Nuestro San Gregorio, cercado por todas partes de llamas inmensas, ponía miedo. Había que escoger entre dos muertes, una segura y otra dudosa. Nos dispusimos á beber el sorbo de agua salada.

El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al extremo de un cabo, se lo ofrecimos al capitán.

—Ánimo, le dijimos. Póngase Vd. el chaleco y al mar: mal será que no bracee Vd. hasta la goleta.

—¡No puedo, no puedo!

—Vaya, un poco de resolución.

Se lo puso y medio murmuró, gimiendo:

—Tanto da así como de otro modo.

Y acertaba. Aquello fué adelantar el desenlace y nada más. Se conoce que ó la humedad del agua ó el sacudimiento de la caída le abrieron las arterias del pié tronzado, y se desangró en un decir Jesús; ó acaso el frío le produjo un calambre; no sé: el caso es que le vimos alzar los brazos, juntarlos en el aire, y colarse por ojo, del salvavidas, al fondo del mar. Quedaron flotando el chaleco y la gorra: á él no le vimos ya más en este mundo.

Seguían echándonos, desde la goleta, cabos y salvavidas, y la gente, visto el caso del capitán, recelaba aprovecharlos. Yo me decidí primero que nadie. Ya quería, de un modo ó de otro, salir del paso. Pero antes de dar el salto mortal, reflexioné un poco y determiné echarme de soslayo, como los buzos, para que la corriente, en vez de batirme contra el buque, me ayudase á desviarme de él. Así lo hice, y en efecto, tras de la zambullida, fuí á salir bastante lejos del San Gregorio. Oía los gritos con que desde el schooner me animaban, y oí también el último alarido de algunos de mis compañeros, á quienes se tragó el agua ó zapatearon las olas contra los buques. Yo choqué con la espalda en el casco del Duncan: un golpe terrible, que me dejó atontado. Cuando me halaron, caí sobre cubierta como un pez muerto.