Acordé rodeado de ingleses. Me decían: ¡go! ¡cook! ¡go! ¡á la cámara! Me incorporé y quise ir adonde me mandaban, pero no veía nada, y después de tantos horrores me eché á llorar por primera vez, exclamando:
—Mi no cook... ciego... enséñenme el camino...
Me levantaron entre dos y me abracé al primero que tropecé, que era un grumete y rompió también á llorar como un tonto. No sé las cosas que hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron á beber de un trago una copa enorme de brandy, me pusieron un traje de franela, me dieron fricciones, me acostaron, me echaron encima qué sé yo cuantas mantas, y me dejaron solito.
¿Qué sentí aquella noche? Verá Vd.... Cosas muy raras: no fué delirar, pero se le parecía mucho. Al principio sudaba algo y no tenía valor para mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Después, al oir el ruido del mar, me parecía que aún estaba dentro de él, y que las olas me batían y me empujaban aquí y allí. Luégo iban desfilando muchas caras: mis compañeros, el tercero á la luz del cigarro, el capitán, y gentes que no veía hacía tiempo, y hasta un chiquillo que se me había muerto años antes...
En fin, por acabar luégo: llegamos á Newcastle, se me alivió la vista, el cónsul nos dió una guinea para tabaco, y á los pocos días nos embarcamos en un barco español con rumbo á Marineda. ¡Qué diferencia del buque inglés! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el pañol de las velas, sobre un pedazo de lona: apenas conseguimos un poco de rancho y galleta por comida: como si fuésemos perros.
De la llegada, ¿qué quiere Vd. que diga? Á mi mujer le habían dado por cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos coplas anunciándosela. Supóngase Vd. cómo estaba, y cómo me recibió. Ahora he de ir al santuario de la Guardia: no tengo dinero para misas: pero iré á pié, descalzo, con el mismo traje que tenía cuando me halaron sobre la cubierta del Duncan: chaleco roto por los garfios del salvavidas, pantalón chamuscado, y la cabeza en pelo: se reirán de verme en tal facha: no me importa: quiero besar el manto de la Virgen, y rezar allí una Salve.
Me faltará para pan, pero no para comprar una fotografía del San Gregorio... ¿Ha visto Vd. cómo quedó? El casco parece un esqueleto de persona, y aún humea: el cargamento de algodón arde todavía: dentro se ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y torcidas... ¡Imponente!
¿Que si me da miedo volver á embarcarme?... ¡Bah! ¡Lo qué está de Dios... por mucho que el hombre se defienda...! Ya tengo colocación buscada. ¿Quiere Vd. algo para Manila? ¿Que le traiga á Vd. algún juguete de los que hacen los chinos? El domingo saldremos.
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Dí al cocinero del San Gregorio unos cuantos puros. Tiene el cocinero del San Gregorio buena sombra y arte para narrar con viveza y colorido. Durante la narración, ví acudir varias veces las lágrimas á sus ojos azules, ya sanos del todo.