Salir el Gallo por un lado y entrar Gabriel por otro, fué simultáneo. Acercóse á su cuñado, y hechos los saludos de ordenanza, sentóse en los haces, y pidió noticias de su sobrina.
—¿Quién sabe de ella?—respondió el padre.—Andará por ahí... ¿Has visto la maja?—añadió revelando sumo interés en la pregunta.
—Sí, te he visto hecho un valiente...
—¿A mí? ¡A mí me viste acabado, derreado! Ya no sirve uno sino para echar al montón del abono... A cada cerdo le llega su San Martín... Ya verás á Perucho majar la camada, que será la gloria del mundo... Ey, Angel... ¿Viene ó no viene? ¿Qué... no está?
—Dice que no... que salió trempranito con Manola... Que no voltaron aún.
—¡Por vida de...! ¡Mal rayo!
Volvió á encapotarse el rostro y á anudarse de veras el ceño del hidalgo de Ulloa.
XXIV
Comieron solos los dos cuñados. Al sentarse á la mesa, Gabriel manifestó extrañeza grande por la ausencia de Manola, y don Pedro preguntó á los criados si los rapaces no parecían; la respuesta negativa no le despejó el severo entrecejo. Érale difícil al hidalgo conservar muchas horas seguidas la afable disposición de los primeros momentos de hospitalidad; no sabía ejercitar la simpática virtud de la eutrapelia, que en resumen es cortesía y buena crianza, y al poco tiempo de tratar á una persona, se creía autorizado para obligarla á que le sufriese su mal humor, así como á imponerle su jovialidad, cuando estaba alegre, que no era cosa que ocurriese todos los días. Por su parte Gabriel, aunque siempre atento y sin prescindir de sus corteses maneras, también se mantenía serio, como hombre que tiene algo grave en qué pensar.
Sus porqués y cavilaciones salieron á relucir á la hora del café, cuando ya la moza en pernetas y el tagarote del criado no tenían necesidad de entrar en el comedor. Hacíase el café allí mismo, en la mesa; lo preparaba don Pedro—único modo de que saliese á su gusto—en una maquinilla de hojalata toda desestañada, derrotadísima, con lágrimas de estaño colgando á lo largo de su cilindro superior; artefacto casi inservible, pero irreemplazable para don Pedro, habituado á semejante chisme y persuadido de que en una cafetera nueva no le saldría bien la operación. Se filtraba el café lentamente, gota á gota, y en realidad resultaba fuerte, oscuro, aromático, exquisito. El marqués de Ulloa era inteligente en la materia; porque merece notarse que aquel burdo hidalgote, ajeno no sólo á la idea de lo que espiritualmente embellece y poetiza, sino de lo que hace materialmente grata la existencia, tenía en dos ó tres ramos afinadísimo el sentido y el conocimiento, hasta rayar en sibarita: nadie como él distinguía un legítimo habano de primera, de las imitaciones más ó menos hábiles; nadie entendía mejor el intríngulis del café; nadie conocía tan perfectamente dos ó tres clases de licores y vinos; y así como entendía fallaba, y que no le viniesen con cigarros del estanco ni con Jerez de marcas inferiores. Ni él mismo podía decir dónde había adquirido esta ciencia: acaso le venía de casta, como al gitano ser chalán y al árabe apreciar armas y caballos.