Mientras se destilaba el rico néctar, Gabriel, sin acritud ni severidad, antes con cierta blandura encaminada á hacerse los lares propicios, dijo á su cuñado:
—Oye tú... ¿No le habrá sucedido á Manuela cosa mala? ¿Estás seguro?
—Va con Perucho—respondió lacónicamente el marqués, dando vuelta á la llave, y acercando á la villa la taza de Gabriel, donde cayó un chorro negro, que despedía balsámicos efluvios.
—Perucho...—murmuró Gabriel Pardo como si se le atragantase el nombre—Perucho..... es un muchacho de muy poca edad.
—Poca edad... ¡Quién me diera en la suya!—exclamó el hidalgo, respirando por la herida de su decadencia física.—¡A esa edad, que le echen á uno encima disgustos y leguas de mal camino! A esa edad... salía yo para el monte á las cuatro de la mañana, que aún no se veía luz; y me estaba allí á pie firme hasta las ocho de la noche, que volvía para casa con el morral atacado de perdices... Y desde las cuatro de la madrugada hasta las ocho de la noche llevaba aguantada toda la lluvia, que se me había secado encima del cuerpo, y todo el sol, que maldito si le hacía yo más caso que á este café que bebo ahora, y todo el frío, y todas las brétemas, y los orvallos, y el pedrisco, y los demonios que me lleven... A veces no me contentaba con las horas del día... ¡buena gana de contentarme! ¡Cuántas noches de invierno tengo salido á las liebres, que andaban pastando en las viñas! Allí... con el tío Gabriel, tu tocayo... los dos escondiditos tras de un pino... tendidos boca abajo... con un papel tapando la boca de la carabina para que las condenadas no olfateasen la pólvora... ¿Quieres más azúcar?... No... ¡Lo que es del tiempo de Perucho... que me diesen á mí caza que matar y monte por donde andar y una empanada que comer y un jarro de mosto, que me sabía todo á gloria...! Ahora... ¡se acabó!... Ya no está uno de recibo más que para sentarse en una silla... ó para que le tiren al basurero.
—Pues yo—declaró Gabriel, bebiendo aprisa el último sorbo del café—no estoy tan tranquilo como tú: á los enamorados (y aquí se sonrió) algunas impaciencias hay que perdonarnos... Si sabes poco más ó menos hacia qué parte suele ir tu hija, me lo dices y salgo allá.
—¿Y quién es capaz de saberlo? Como son locos, si les dió la gana de no parar hasta el Pico Medelo, allá se plantificaron... Tú bien conoces que tanto pudieron echar para Poniente como para Levante.
Gabriel Pardo se mordió el bigote estrujándolo con el pulgar contra los labios. Cualquier cristiano se da á Barrabás con semejantes respuestas en boca de un padre. Miró el artillero en derredor suyo, y al ver que no andaba por allí nadie, ni Sabel, ni la cocinera, estuvo á punto de vaciar el saco... Pero al fin el comedor era un sitio abierto, podía entrar gente de un momento á otro, y lo que á él se le asomaba á la lengua era para dicho privadamente. Siguió preguntando de un modo indirecto.
—Y... acostumbra Manuela salir así muchas mañanas, y no volver á la hora de la comida?
—Pocas... ¡Hombre! ha de vivir ella en el monte como vivía yo? No se le ocurre á nadie eso. Pero á veces, en tiempo de verano (ya se sabe) y estando Perucho, les ha sucedido cogerles lejos un chubasco, ó una tormenta, y entonces ¿sabes qué hacen? Se meten á comer en casa del cura de Naya, ó del pobre de Boán, que en paz descanse, cuando vivía... ¡Cura más templado! Se defendió él solo contra una gavilla de más de veinte ladrones, que al fin me lo despacharon para el otro mundo; pero antes despachó él á uno de los galopines, y malhirió á media docena... ¡Era más perro!