Por vivo que fuese el celo de Gabriel, comprendió la locura de salir á descubierta en momentos semejantes, é instintivamente buscó una sombra donde guarecerse y consultar consigo mismo. Dió consigo en la linde del soto, al pie de un castaño, sinó de los más altos, de los más acopados y frondosos, sobre cuyas flores caídas, que mullían dobladamente el tapiz de manzanilla y grama, encontró buen recostadero.

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—No hay remedio...—comenzó á devanar Gabriel.—Yo corto por lo sano... El animal de mi cuñado, tengo que reconocerlo, no ve esto que veo yo... Es que si lo viese y viéndolo lo consintiese... nada, cuatro tiros.

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—Y yo ¿qué veo, en resumen? ¿Tiene fundamento, tiene cuerpo, tiene base esta idea? ¡No, y renó! Aquí no hay más que una cuestión de conveniencias desatendidas... impremeditaciones é ignorancias de una montañesilla inexperta... bárbara indiferencia, atroz descuido de un hombre zafio y adocenado... fatalidades de educación, de medio ambiente...

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—No puede negarse que mi venida aquí ha sido providencial. El abandono en que está la niña, hija de mi pobre Nucha, clama al cielo... Debí enterarme antes, mucho antes. He dejado pasar años sin tomarme la molestia... Bien, yo no podía tampoco suponer... ¡Qué calor! Comprendo á los japoneses...

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Suspiró y cortó una rama de castaño para abanicarse con ella. Lo que le sofocaba era, más que la temperatura, la reacción del reciente acceso de cólera. El café que acababa de paladear le había dejado en la lengua un amargor agradable, y le producía ese ligero eretismo cerebral tan propicio á la creación artística y á la fácil emisión de la palabra. La naturaleza desfallecía, y el rumoroso silencio del bosque, el ronco quejido de la presa, la fragancia de las flores del castaño, ayudaban á exaltar la fantasía de Gabriel, muy inclinada, como sabemos, á echarse por esos trigos.

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