—¿Por qué causa tal impresión la naturaleza? Yo lo había leído en libros, pero me costaba mis trabajos creerlo... Esto de que, porque uno vea cuatro montañas y media docena de nubes, se ponga á meditar sobre orígenes, causas, el sér, la esencia, la fatalidad, y otras cien mil cosazas que carecen de solución! ¡Empeñarnos en que la naturaleza tiene voces, y voces que dicen algo misterioso y grande! ¡Ay... á esto sí que se le puede llamar chifladura! ¡Voces... Voces! ¡Unas voces que están hablando hace miles y miles de años, y á cada cual le dicen su cosa diferente! Deduzco que ellas no dicen maldita la cosa... y que nosotros las interpretamos á nuestra manera... Lo que pasa con las campanas: enseguida cantan lo que á uno se le antoja... Las voces están dentro... A mi cuñado le suena la naturaleza así:—¡Buen día de maja!—Y al creyente le murmura que hay Dios...

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—¿Que no existe el mundo exterior; que lo creamos nosotros? ¡Puf! Idealismo trascendental... Váyase á paseo este afán de escudriñar el fondo de todas las cosas...

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Un saltón verde, muy zanquilargo, vino á posarse en la mano del pensador. Gabriel le cogió por las zancas traseras y le sujetó algún tiempo, divirtiéndose en ver la fuerza que hacía para soltarse. Al fin aflojó, y el bicho se puso en cobro pegando un brinco fenomenal.

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—Y á Manuela ¿qué le dirá la señora naturaleza, la única mamá que ha conocido?

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En la memoria de Gabriel, como en placa fonográfica, empezaron á revivir fragmentos de la lectura de la noche anterior, sólo que encontrándoles un sentido y dándoles un alcance nuevo de respuesta á la última pregunta.

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