—Pero es cosa que eriza los pelos... La hija de mi hermana, la esperanza de mi corazón, caída en ese abismo... ¡Qué monstruosidad horrible! y no hay duda... Soy un idiota en no haberlo comprendido desde luego... Presentimiento sí que lo tenía... Algo me dió el corazón ya en casa de Máximo Juncal... Ay, Nucha, pobre mamita, y qué bien hiciste en morirte... Todo el día solos, campando por su respeto á una ó dos leguas de la casa... ¿Qué hacen á estas horas? ¿En qué clase de juego entretienen la siesta? De seguro...

. . . . . . . . . . . . .

—Maldito yo por no venir antes. Aunque sabe Dios desde cuándo... ¿Y qué hago ahora aquí, cavilando y lamentándome? Tocan á moverse... á buscarla, voto á sanes! y á deshacer este enredo horrible, y á sacarla de la abyección, y á cortar de raíz...

. . . . . . . . . . . . .

—¿Hacia dónde tomarían?

XXVI

Siguió el primer sendero que encontró, porque tan probable era que hubiesen pasado por aquel como por otro. Caminaba sin fijarse en el paisaje, ni formar idea de si se alejaba mucho de los Pazos; y sus ojos, devorando el horizonte, trataban de descubrir un campanario, el de Naya. ¿No había dicho el señor de Ulloa que á Naya solían ir?

Cruzó prados humedecidos por el riego, y heredades acabadas de segar la víspera; se metió por entre viñedos; saltó vallados; atravesó huertos con frutales y costeó eras donde resonaba el cadencioso golpe del mallo; en suma, gastó con la actividad y el movimiento su impaciencia torturadora, que le encendía la sangre y le ponía los nervios como cuerdas de guitarra... El ejercicio le hizo provecho; andando y andando, empezó á sentirse con la cabeza más despejada y el corazón más tranquilo.

Contribuía á ello el acercarse ya el instante de calma suprema, la hora religiosa, el anochecer. De la sombra que iba envolviendo el suelo emergían las copas de los árboles, coronadas aún por una pirámide de claridad; al oeste, los arreboles se extendían en franjas inflamadas como el cráter de un volcán: el contraste del incendio, pues hasta forma de llamas tenían las nubes, hacía verdear el azul celeste, y unas cuantas nubecillas, dispersas hacia el poniente, parecían gigantescas rosas y bolas de oro desparramadas por el cielo. Una puesta de sol inverosímil, de esas que dejan quedar mal á los pintores cuando se les mete en la cabeza copiarlas. Sobre el grupo de árboles más abandonados ya de la luz diurna, se desplegaba, á manera de leve cortinilla plomiza, el humo que despedía la chimenea de una cabaña; y de las hondonadas, donde se conservaba archivado el enervante calor de todo el día, se alzaban compactas huestes de mosquitos.