—Con permiso de Fray Luís de León: lo que es sus comentarios á este pasaje, son una confusión lastimosa entre el amor y la fraternidad. No me negará nadie que es bonita escuela para las señoritas lo que dice á propósito de los amores desiguales... Cosa más disolvente que estos místicos y contempladores... ¡y el pasaje está más claro que el agua..!

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—«Porque se ha de entender que entre dos personas (aunque las demás calidades ó que se adquieren por ejercicio ó que vienen por caso de fortuna ó que se nace con ellas) puede haber y hay grandes y notables diferencias; pero unidas en caso de amor y voluntad, porque esta es señora y libre así como en todo es libre y señora; así todos en ella son iguales, sin conocer ventaja del uno al otro, por diferentes estados y condiciones que sean.»

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—¡Caracoles con Fray Luís!

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—Quieto, Gabriel, que estás discurriendo como un quídam, sin asomo de cultura, como si toda tu vida no te hubieses esforzado en ser racional... racional. Si tu sobrina ha leído eso, sería de niña, cuando deletreaba; y á fuerza de ser clásico y castizo y repulido, ni lo entendió entonces, ni lo entendería ahora. Esta lectura te hace efecto y te da en qué pensar á ti, por lo mismo que estás muy civilizado y muy saturado de libros y muy harto de meterte en honduras... Lo que es á ellos... No has de ser majadero por empeñarte en ser sagaz.

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—Se me figura que la naturaleza se encara conmigo y me dice: Necio, pon á una pareja linda, salida apenas de la adolescencia, sola, sin protección, sin enseñanza, vagando libremente, como Adán y Eva en los días paradisíacos, por el seno de un valle amenísimo, en la estación apasionada del año, entre flores que huelen bien, y alfombras de mullida hierba capaces de tentar á un santo. ¿Qué barrera, qué valla los divide? Una enteramente ilusoria, ideal, valla que mis leyes, únicas á que ellos se sujetan, no reconocen, pues yo jamás he vedado á dos pájaros nacidos en el mismo nido que aniden juntos á su vez en la primavera próxima... Y yo, única madre y doctora de esa pareja, soy su cómplice también, porque la palabra que les susurro y el himno que les canto, son la verdadera palabra y el himno verdadero, y en esa palabra sola me cifro, y por esa palabra me conservo, y esa palabra es la clave de la creación, y yo la repito sin cesar, pues todo es en mí canto epitalámico, y para entenderlo, simple! ¿qué falta hacen libros ni filosofías?

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