—A ver—exclamaba Goros;—para qué es el Sacramento del Orden?
—Si me pergunta de cosas de allá de Madrí, yo mal le puedo dar sastifación.
—Soó... mulo! El Sacramento del Orden (abre el ojo) es para... criar hijos para el cielo!
—Bien, ya estamos en eso—contestaba muy serio el gañán, entre la algazara y regocijo del ateneo de Ulloa.
Con intermedios de este jaez se amenizaban las discusiones formales. Es de saber que en tiempo de verano, y más si el calor arreciaba, y con doble motivo si era en días de maja y siega, el ateneo trasladaba el local de sus sesiones de la cocina, á la parte del huerto lindante con la era: colocábanse allí bancos, tallos, cestas volcadas panza arriba, y sin derrochar más candela que la que los astros ó la luna ofrecían gratuitamente, gozando el fresco y oyendo en la era el canticio y el bailoteo de segadoras y majadores, departían sabrosamente, echaban yescas para el cigarro, y la conversación giraba sobre temas de actualidad, agrícolas y rurales.
En mitad de una acalorada discusión sobre la calidad del trigo cayó allí Gabriel Pardo, que regresaba de su tremendo viaje á través del valle de Ulloa. Por fortuna, la luz estelar, con ser tan viva y refulgente, no bastaba á descubrir al pronto lo descompuesto de su semblante; pero bien se podía notar lo ronco de la voz en que exclamó, encarándose con el primer ateneísta que le salió al paso:
—Dónde está Perucho?
El Gallo se levantó obsequiosamente, y con sonrisa afable y la frase más selecta que pudo encontrar, respondió lo que sigue:
—Señor don Grabiel, no le saberé decir con eusautitú... Quizásmente que aún no tendrá voltado, en atención á que no se ha visto por aquí su comparecencia...
—¡Falso! Es usted un embustero—gritó brutalmente el comandante, ciego de dolor y necesitado, con necesidad física, de desahogar en alguien y de hacer daño... de pegar fuego á los Pazos, si pudiese.—¡Ea!—añadió—á decirme dónde está su hijo de usted ó lo que sea... ¡Aquí no vale encubrir!