¡Quién viera al rey del corral erguirse sobre sus espolones, enderezar la cresta, estirar el cuello, y exhalar este sonoro quiquiriquí:
—Adispensando las barbas honradas de usté, señorito don Grabiel, esas son palabras muy mayores y mi caballerosidá y mi dicencia, es un decir, no me premiten...
—Eh... ¿quién le cuenta á usted nada? ¿Qué se me importa por usted?—vociferó Gabriel nuevamente.—A quien necesito es á Perucho... Llámenle ustedes, pero en seguida.
—Ha de estar en la era—indicó tímidamente el pastor.
Gabriel no quiso oir más, y desapareció como un rehilete en dirección de la era. Encontróla brillante, concurridísima. Una tanda de mozas y mozos bailaba el contrapás, al són de la pandereta y la flauta; la tañedora de pandero cantaba esta copla:
A lua vay encuberta...
a min pouco se me dá:
a lua que a min m’alumbra
dentro do meu peito está.
Oíala como en sueños el comandante, detenido á la entrada y presa entonces de un paroxismo de ira que le hacía temblar como la vara verde: Calma... sosiego... voy á echarlo todo á perder... decía consigo mismo; y al par que veía claramente su razón la necesidad de tener aplomo y presencia de ánimo, aquella parte de nosotros mismos que debiera llamarse la insurgente, le tenía entre sus uñas de fierecilla desencadenada, y le soplaba al oído:—Qué gusto coger un palo... entrar en la era... deslomar á estacazos á todo el mundo... arrimar un fósforo á las medas... armar el revólver, y en un santiamén... pun, pun... á éste quiero, á éste no quiero...
A su izquierda divisó un grupo, compuesto de Sabel y de varias comadres del vecindario: y delante, en pie, algo ensimismado, á Perucho en persona. Gabriel se le acercó, hasta ponerle la mano en el hombro; y al tenemos que hablar del comandante, estremecióse el montañés, pero respondió con súbita firmeza:
—Cuando usted guste.
—Ahora mismo.