—Bueno, ya voy.
Echó delante el mozo, y siguióle Pardo, sin añadir palabra. Alejándose de la gente, atravesaron el huerto, entraron en el corredor, llegaron á la cocina, donde la fregatriz revolvía en la sartén, con cuchara de palo, algo que olía á fritanga apetitosa; y el montañés, sin detenerse, tomó una candileja de petróleo encendida, y guió á las habitaciones de la familia del Gallo, entre las cuales se contaba cierta salita, orgullo y prez del mayordomo, porque en seis leguas á la redonda, sin exceptuar las casas majas de Cebre, no la había mejor puesta, ni más conforme á las exigencias del gusto moderno, sin que le faltase siquiera—¡lujo inaudito, refinamiento increíble!—un entredós en vez de consola; un entredós de imitación de palo santo, con magníficos adornos de un metal que sin pizca de vergüenza remedaba el bronce. Frente á este mueble, en que el Gallo tenía puesto su corazón, un soberbio diván de repis amarillo canario convidaba al reposo, y Perucho, dejando la candileja sobre el entredós, hizo seña al comandante de que podía sentarse si gustaba, al mismo tiempo que se le plantaba enfrente, con la cabeza erguida, resuelto el ademán, algo pálidas, contra lo acostumbrado, las mejillas, y pronunciando en tono que á Gabriel le sonó provocativo:
—Usted dirá, señor de Pardo... ¿Qué se le ofrece?
El comandante midió de alto á bajo al bastardo, frunciendo la boca, con el gesto de desprecio más claro y más enérgico que pudo; acercóse luego á la puerta, y dió vuelta á la llave, que halló puesta por dentro; y volviéndose hacia el montañés, le escupió al rostro estas frases:
—¡Se me ofrece decirte que eres un pillastre y un ladrón, y que voy á darte tu merecido, canalla! ¡A ti y á la perra que te parió! ¡Mamarracho indecente!
Lo raro era que Gabriel oía sus propias palabras como si las dijese otra persona; y allá en el fondo de su sér, las comentaba una voz, susurrando:—Es demasiado, ese hombre habla como un loco.—Y no podía, no podía sujetar la lengua, ni refrenar la indignación frenética.—Por lo que hace á Perucho, oyendo aquellas cláusulas que abofeteaban, saltó lo mismo que si le hincasen en la carne un alfiler candente; desvió y echó atrás los codos, cerró los puños, y sacó el pecho, como para arrojarse sobre Gabriel. El furor ennegrecía sus pupilas azules, y daba á sus facciones correctas y bien delineadas la ceñuda severidad de un rostro de Apolo flechero.
—No... no me tutee usted—balbuceó reprimiéndose todavía—no me tutee ni me insulte... porque tan cierto como que Dios está en el cielo y nos oye...
—¿Qué harás, bergante?
—Lo va usted á saber ahora mismo—gritó el montañés, cuyos ojos eran dos llamas oscuras en una máscara trágica de alabastro. Un segundo duró para Gabriel la visión de aquel rostro admirable, porque instantáneamente sintió que dos barras de hierro flexibles y calientes se le adaptaban al cuerpo, prensándole las costillas hasta quitarle la respiración. Intentó defenderse lo mejor posible, tenía los brazos en alto y libres y podía herir á su contrario en el rostro, arañarle, tirarle del pelo; pero aun en tan crítica situación, comprendió lo femenil y bajo de resistir así, y ¡extraña cosa! al verse cogido en la formidable tenaza, preso, subyugado, vencido por el mismo á quien venía á confundir y humillar, su ciega y furiosa ira y el hervor animal é instintivo de su sangre se calmaron como por obra de un conjuro, y hasta le pareció que experimentaba simpatía por el brioso mozo. Todo fué como un relámpago, porque el achuchón crecía, y el ahogo también, y el montañés tenía á su rival á dos dedos del suelo, aprestándose á ponerle en el pecho la rodilla. Intentó Gabriel un esfuerzo para rehacerse y librarse, pero Perucho apretó más, y mal lo hubiera pasado su enemigo, á no ser por una casual circunstancia. La butaca contra la cual estaba acorralado el comandante era nada menos que una mecedora, mueble que hacía la felicidad del Gallo, por lo mismo que nadie de su familia ni de seis leguas en contorno acertaba á sentarse en ella sino después de reiterados ensayos, continuas lecciones y fracasos serios. Al peso de los dos combatientes, la mecedora cedió con movimiento de báscula, y el grupo vino á tierra, haciendo la dichosa mecedora el oficio de Beltrán Claquin en la noche de Montiel, pues Perucho, que estaba encima, se halló debajo, y Gabriel, sin más auxilio que el de su propio peso y corpulencia, con la rapidez de movimientos que dicta el instinto de conservación, le sujetó y contuvo, teniéndole cogidas las muñecas é hincándole la rodilla en el estómago.
—¡Máteme, ya que puede!—tartamudeaba el montañés.—Máteme ó suélteme, para que yo... le... ahog...